Cabriola: un blog literario donde cabrás tú. Hace tiempo, alguien me dijo que no es tan importante leer más, sino leer mejor. De esta idea nace este blog, que querría invitar a leer libros clásicos o menos conocidos, entrando dentro de ellos, con lápiz y papel, subrayando, haciendo una lectura actual, dando de nuevo vida a sus personajes, o a su mundo, leyendo y releyendo. Si os animáis, ¡escribidme!

lunes, 8 de diciembre de 2008

Entrevista a Víctor Fernández Correas, autor de La Conspiración de Yuste


1) ¿Por qué una novela histórica?, ¿qué lecturas actuales podemos hacer de tu novela? ya en las primeras páginas nos encontramos con un episodio de tortura.

La novela histórica es un género que te permite jugar con la historia. Sin dejar de lado los hechos, que son rigurosos, como tales, este género te permite hacer volar tu imaginación y vivir situaciones y lugares que te hubiera gustado vivir o visitar, ser personajes con los que alguna vez has soñado, o simplemente recrear una determinada época de la historia. En lo que respecta a las lecturas, se pueden hacer muchas y variadas.No hay mucha diferencia entre el siglo XVI y el XXI; las torturas siguen existiendo (aunque sean de otro tipo) y qué te voy a contar acerca de la libertad de ideas o de expresión. He tratado de recrear una época que fue única pero, si la trasladas al momento actual, tampoco difiere mucho. Vivamos en un siglo u otro, siempre existirán las mismas presiones, las mismas censuras...
2) ¿Cuál crees que es el rol actual de un escritor?
Depende de lo que pretenda el escritor. En mi caso, y dentro de la novela histórica, mostrar cómo fue la historia en sus diferentes momentos y, de esta manera, que el lector tenga un conocimiento de por qué sucedieron esos hechos y cómo nos afectan a lo largo de los siglos. Pienso que el escritor debería enseñar, más que sentar cátedrao lanzar sus dogmas o los que considere oportunos según el momento.Claro que esto es la teoría, luego la práctica engaña. Ante todo, el escritor se debe al lector y debe tratar de que éste se sienta bien con la lectura. Con eso, te puedes dar por satisfecho.
3) ¿Cómo nació en ti la vocación literaria?
Hace bastantes años que escribo relatos cortos, con los que incluso he ganado algún que otro premio, y siempre te queda la ilusión de transformar esos relatos en novela. Es por lo que muchos luchamos y, al final, cuando la ves hecha realidad, sientes una enorme satisfacción y el gusanillo de mantener viva esa ilusión. Claro que eso depende luego de las editoriales, que no siempre tienen esto tan claro como tú...
4) En tu biografía dices aspirar a divertirte, pero, tu novela traspira un arduo trabajo de investigación, con muchas lecturas y visitas físicas a archivos/bibliotecas...¿cuánto tiempo te ha llevado la creación de La Conspiración de Yuste?, ¿cuántas reescrituras has tenido que hacer?, ¿qué parte te ha costado más?
Aspiro a divertirme, lo mantengo y me reafirmo en ello. Y divertirme incluye tanto escribir como investigar, leer o visitar lugares. En total fueron casi tres años, entre investigación y elaboración de la novela, lo que incluyó un completo recorrido por distintas bibliotecas(Biblioteca Nacional, Archivo Histórico Nacional...), los lugares dela novela (Yuste, Garganta la Olla, Valladolid, Brujas...). Especialmente este punto es importante, pues sólo si has recorrido los lugares que luego vas a plasmar en la novela, vas a ser capaz de transmitir lo que quieres hacer sentir en el lector. Por cierto, algún crítico apoyado en el anonimato de Internet me ha acusado de ser poco riguroso. En fin, cosas de la Red...Y en lo que respecta a las reescrituras, la parte más difícil fue la primera. De hecho, la rehice tres veces, porque no acababa deconvencerme y, es cierto, es la más lenta de la novela porque en esa época no pasó nada. Por eso se trataba de ubicar a los personajes, la acción y las distintas tramas que se tejen dentro de la misma. Sí, es cierto que es lenta, pero como me dijo hace poco otro amigo escritor, es necesaria para luego entender todo lo que va a suceder a lo largode la misma. Fue la parte más dura, tanto en cuanto a la escritura como en lo que respecta a la investigación, pues tienes que situar al lector ante una gran cantidad de hechos, datos, personajes, etc.
5) ¿Qué escritores crees que han marcado tu estilo?
Me encanta Miguel Delibes; es un creador sin parangón en nuestra literatura. Luego, otros autores como mi paisano Jesús Sánchez Adalid, Julio Llamazares o Jesús Torbado también son de mi agrado.
6) En las últimas páginas del libro has facilitado un elenco de personajes históricos y de ficción, ¿dónde crees que se encuentra el limite de la imaginación en una novela histórica? ¿Hasta qué punto puedes forzar un personaje ficticio dentro de unos hechos históricos reales?
Como decía anteriormente, la novela histórica te permite jugar con la historia hasta donde la historia te permita: no puedes transgredirla, pero sí jugar con ella. Por eso, es una gozada juntar en una misma escena a un personaje siniestro y real como fue el Inquisidor General Fernando de Valdés con otro de mi imaginación, como es el caso de Fray Bernardo de Guzmán; o lograr que el emperador Carlos V se abrace con un capitán de sus ejércitos como Bertrand de Brugge, que tampoco existió. No se trata de forzar la situación, pero sí de encontrar la manera de hacer más atractiva la propia Historia. Y seguramente, en aquella época, más de un protestante soñó con matar al emperador.
7) Si no recuerdo mal, el genial escritor argentino Jorge Luis Borges, cuyas obras son en su mayoría de aliento corto, decía que una novela es un cuento alargado. Dado que La Conspiración de Yuste nace de tu cuento Epilogo Imperial, ganador del Relato Corto Princesa Jaraiz en el año 2001, podrías defender ambos géneros y decir qué elementos diferenciadores/impactos ves en ambas tus narraciones?Pienso que Borges siempre tenía razón: el relato corto te da la base, los cimientos, y luego la novela te proporciona los andamios, el cemento y los ladrillos para construir el universo que se esconde en el propio relato corto. Éste, por su extensión, te obliga a ser menos descriptivo, más ágil pero, a la vez, más directo y sincero. La novela, en cambio, te da la oportunidad de practicar de una manera más extensa todo lo que el relato corto no te permite. Son dos maneras de entender la literatura que se complementan, ambas igual de válidas y satisfactorias.
8) ¿Alguna nueva novela en el "horno"?
Algo hay por ahí. Tengo entre manos un proyecto que empezaré a desarrollar el año que viene. Ilusión no me va a faltar, ni ganas en absoluto, para acometerlo. Espero que, si la suerte acompaña, verlo hecho realidad en unos tres o cuatro años. No es bueno precipitar las cosas...
Muchas gracias, Víctor

martes, 29 de julio de 2008

La Casa del Voodoo



Te digo que los entreveía, que Nora hablaba con él desde el suelo, y entre cobras, vacas y gatas de yoga coqueteaba con él, sí, con su marido, Monsieur Didier Py. No, sí se puede coquetear con el propio marido, si él te dice, mi ratita, mi ardillita, y ella dice no, esta es la cobra y esta la vaca y esta la gata, y él, mi hamstercito, ¿qué vas a traer en tu zurrón en este día tan arduo de trabajo que te espera? En Navidad no puedes traer los mismos regalos que traes durante el año, y ella se restriega contra él como un gato, porque él está siempre de pie con el brazo extendido y la mano floja, como un arzobispo, y ella alisándose el pelo con la mano de aquél, si esto no es coquetear, o mandar a paseo a todas las neuronas de un ser humano, dime qué es.

Pues con esta escena me recibió, por así decirlo, Nora. Tuve un aperitivo de lo que era su vida, que me imaginaba, conociendo la altivez de su cónyuge, y la automática pleitesía de Nora ante los hombres. Pero, oye, tras esta pantomima y desaparecido su santísimo marido, Nora se enfundó en su piel, como un cirujano se ajusta los guantes, y se presentó ante mí. Nada, ni rastro de la oca desgarbada de antes, se abalanzó sobre mí con la habilidad de un prestidigitador y me robó el cigarro que me acababa de liar, una sonrisa amplia, sí, pero con su habitual actitud arisca, porque con sus amigas sí que es un gato Nora, nada de besos a pesar de los ocho años sin vernos.

Estas hecha una raspa, le dije y ella, pues he cogido dos kilos, y yo que lo decía por su árido recibimiento no quise contradecirla. Y ya puestos, seguí con el antes por lo menos te matabas de hambre por tu carrera en la moda, fue tu ambición lo que te trajo hasta Paris desde Varsovia. Recuerdo como te admirábamos, las menos, precisé, las más te odiaban, deseaban que te hinchasen como un globo, o te quedases calva de hambre, lo que indicaba aún más la unicidad de tu caso, pero ahora, ahora te matas de hambre por ese…y no supe qué adjetivo darle pues ya me había excedido en mis palabras. Por un momento la vi ensimismada, con los ojos en alto y una sonrisa enigmática que tenía el peso de un sueño, pero bajó y me aseguró que al monseñor Py le gustaba con unos kilitos más pero que ella no se veía a sí misma con todas aquellas curvas, con la “mujer subida”, como decía Nora para referirse a las redondeces de la edad.

No, no te engañes, sabes que tu delgadez es extrema, lo haces porque temes perder a tu señor marido, porque sabes que para él no eres más que un flexo Philippe Starck. Yo ya estaba encendida. Mira, Ruchla, creí que habías venido a ayudarme, ser mi apoyo en esta casa llena de gente, no a dar por culo. Entonces recuerdo me continuó diciendo: tu “misandría” no te llevará a ninguna parte. ¿Sabes que si coges un grupo de erizos hembra y los alejas del sexo masculino empiezan a tener hijos exclusivamente machos?

Este comentario, extraño y tan suyo, como mujer púa que era, nos hizo reír y olvidar cuanto dicho. Si voy muy rápido, dímelo. Quiero que sepas todos los detalles para que me des tu opinión. La situación es grave.

Bueno, el hecho es que dijo, vamos, que tengo que comprar. Salimos a una helada mañana parisina. Nora, a lo suyo, danzaba como una mariposa: ¿Maloles? No, ¿Lili & the funky boys? Me tiró de la manó y aterricé en un tal Antik Batik. La tienda parecía una estancia de un Guggenheim, esos vanguardistas museos, ostentosos por fuera y desnudos por dentro. Vamos, que no hacía falta mirar los precios, bastaba con medir la altura de los techos. En tales espacios, las prendas infantiles desde luego que parecen diamantes. Cette adorable robe tricotée à la main en 100% laine d’alpaga est tres souple et confortable. La laine d’alpaga est une fibre noble…la dependienta, una encantadora de serpientes, soltó una nebulosa de palabras eterna, a la que Nora respondió sacando su móvil. Se cercioró de las tallas de sus dos princesas con la nodriza, y nos llevamos un par de completos para cada angelito.

Ay, que estrés, dijo, anunciando que se había bajado un momento del mundo de glamour. Dio un sorbo a su Perrier con hielo y mucho limón y continuó. Es que es un trabajo como cualquier otro. Tengo que saber que es lo más in en ropa de caballero, de mujer y de niños, lo más in (perdona el careto, pero el anglicismo lo merece) en muebles, en arte, en iluminación, en ocio, en vacaciones, créeme que no paro. Y ahora con más razón, te lo he dicho, ¿no? ¿Que han ascendido a Didier? Carcajada (antes Nora no reía por estas tonterías). ¿Te has enterado del escándalo de la Banque Generale? Sí, ese del operador de bolsa que ha evaporado un 10% de la capitalización bursátil del banco, pues bien, el director financiero ha saltado por los aires, y voilà Didier es el nuevo CEO del segundo-Banco-de-Francia, 3 millones de euros, más de 100 veces más que el salario medio en Francia. De la inclinación de sus manos me pareció entender una reverencia, que yo no aplaudí. Nora cogió la provocación y disparó un mi posición es mejor que trabajar en una fábrica planchando prendas, ¿o es que tú te sentías más realizada así?

Contraataqué con mi tesis. Me alegro de que te des cuenta entonces de que tu vida es un trabajo y tu matrimonio un contrato laboral. ¡Qué pena que casi siempre todos los empleados se burlan, incluso odian a sus empleadores! Avísame cuando te despidan. Tendrás tu "subsidio al desempleo", pero tendrás que buscar otro “empleador” rápido, porque al otro mundo laboral dudo que consigas reentrar jamás si no empiezas ya. Sus ojos empezaban a afilarse. Intenté conciliar con un ¿es que no necesitas sentir algo como tuyo?, ¿que creas, que aportas algo?

Me escupió un ¿quién te has creído que eres? No soy una inútil. Y yo, Nora, pretendo demostrar lo contrario. Te he dicho antes que todas te admirábamos porque habías llegado hasta Paris por tu tenacidad y tu talento, y tu belleza. Pero, precisamente por esto, ¿dónde está la vieja Nora?, ¿desde cuándo te has convertido en esa buena, dulce, indefensa, inconsciente niña que he visto esta mañana?

Sus párpados cayeron y me mostró una sonrisa temblona. ¿Te puedo contar un secreto, algo que he hecho de lo que me siento particularmente orgullosa? No lo puede saber nadie. Es peligroso, Didier me dejaría.

Cubrí su temblorosa mano con la mía a modo de respuesta y ella me soltó que había ayudado a una pareja a tener un hijo. ¡Imagínate mi decepción!, yo me habría esperado algo, no sé, tórrido, como lo había catalogado de peligroso, su marido podría incluso dejarla por ello, pues qué sé yo, se me había pasado por la cabeza una película porno, ¿no? ya se sabe, el mundo de las modelos, por desgracia, dicen no estar demasiado alejado del negocio del sexo.

Que pensándolo mejor no creo que Nora estuviese orgullosa de haber protagonizado una película pornográfica, que sus dotes interpretativos y habilidad requiere, no te creas, bueno no es que yo entienda de estos menesteres, bueno, que volvamos a lo que nos interesa, que le dije, no sin cierto desdén en mi voz, y ¿qué has hecho, de comadrona?, ¿has hecho de benefactora? O, ¿les has recomendado un médico de reproducción asistida?

Caliente, caliente, me dijo. Di mi vientre en alquiler. Cortó en seco el pero que yo comenzaba a lanzarle, y me puso en situación. ¿Recuerdas que apenas casada, Didier perdió su trabajo? Ya teníamos un standing que defender…Él estaba completamente desmoralizado, de hecho, se le diagnosticó una depresión profunda. Veía, además, que el tenerme cerca, en vez de ayudarle, era un peso para él porque era como si le estuviese echando en cara que no podía concederme todos mis caprichos, ¿sabes?. Yo pues me puse a ahorrar en pequeñas cosas, ¡pero esto le insultaba aún más!, así que, tras consultárselo a su psicólogo, decidí volver a Varsovia una temporada.

Tú no estabas, me dijo (y ya te creo porque la habría puesto a parir), volvamos, tú no estabas. Era la época en la que, además, mi padre estaba muy enfermo. Por ello quedó natural, casi diría fue un golpe genial, y no me mires así después verás, y, en parte, era algo que tenía que hacer, de hecho, mi padre murió al poco de mi parto. Bueno, toma nota, aproveché la muerte de mi padre para tapar mi acción. Eso es, el dinero que recibí en pago por mi labor en esta maternidad subrogada quedó como si fuera la herencia de mi padre…

Y entonces Nora soltó una pequeña carcajada de éxtasis, y una vez más abrió sus manitas a modo de reverencia: ¡voilà dejé muy bien a mi familia!, como Didier siempre nos había dado de muertos de hambre. Yo me quedé de piedra, ¡increíblemente estaba orgullosa de todo esto!

Continuó: la otra parte contratante es un matrimonio de la alta sociedad de nuestro país, pero por motivos de confidencialidad prefiero no decirte quienes son. Se portaron muy bien conmigo en todo momento, me trataban como si fuese un don del cielo, con una dulzura extrema, dijo (¡qué exagerada!). Venían muy a menudo a visitarme, sobretodo la futura mamá. De hecho, me siguen escribiendo, me ponen al día de la vida de Jaroslaw. Es ya todo un hombrecito. Por supuesto, el contrato preveía mi sustento durante toda la gestación y después, en órdenes de grandeza, como pago al cumplimiento de la "obra", recibí lo que una persona de mi edad podía ganar en siete años entonces. Vale, no fue muchísimo, sobretodo para los estándares de Paris, pero sirvió para dar a Didier ese pequeño empujoncito de optimismo que necesitaba…y ¡mira ahora donde estamos!

Su cara al terminar este relato se me ha quedado grabada. Apretó los labios mientras sonreía y paseó sus ojos por el techo del café. Después me invitó a opinar con un soslayo picarón. Y salté, se lo dejé caer así tal cual, pues, ¿qué puedo opinar?, que estas loca o eres imbécil, o ambas cosas a la vez. ¿Has pasado por ese trance que es el embarazo por dinero?, ¿has arriesgado tu futura maternidad para dar un empujoncito al ego de tu marido?, ¿acaso él se ha preocupado alguna vez por tu autoestima? Y, ¿no pensaste en la posibilidad de que los padres naturales de la criaturita se pudieran haber echado atrás en su paternidad?, ¿te habrían pagado en tal caso?, ¿qué habrías hecho con el chiquillo en este supuesto?, ¿te habrías destrozado el cuerpo para dar un niño en adopción? Eres una descerebrada. Por no hablar de que, como sabrás, el vientre de alquiler es un delito en nuestro país…

No en Francia, se defendió ella, a lo que yo respondí que en la mayor parte de los países es un delito y que seguro que ella lo sabía. Pues, bueno, ¿y qué?, no debería ser un delito (¡esta chica es que se cree que esta por encima del bien y del mal!). Siguió, no veo a quien se haga daño. La madre de Juroslaw tenía miomas en el útero, por lo que se lo tenían que extirpar…lloraba de alegría cuando accedí al trato. Yo fui inmensamente feliz, más que en mis maternidades posteriores.

Y, ¿por qué dices eso?, pregunté. Prepárate porque ahora viene lo mejor. Pues, porque en mis maternidades, me sentía observada por demasiada gente, juzgada. Didier que si comía demasiado, y sus padres que demasiado poco, que me estuviese quieta, que estaba poniendo en peligro al niño, que se me veía triste, y que podía influir en el ánimo del niño, etc etc para después… ¡qué ironía! Recuerdo que resopló y se le cayeron los párpados como losas. Entonces me dijo esto por lo que estoy todavía rabiando y que me llevó a…Vamos por orden. Me dijo, en mis dos embarazos me han sacado a las niñas a los 7 meses de gestación. En el primero, empecé a tener contracciones desde el quinto mes, de Braxton Hicks se llaman, nada preocupante, dolorosas, pero sobretodo me constriñeron a un reposo estricto en cama. Didier no podía soportarlo. Venía por las noches a verme al dormitorio y se las pasaba, de lado a lado de mi cama, fraguando rabiosos monólogos sobre la inutilidad de mis días. Hasta que dio con la solución, la niña está bien, te la sacamos ya, te liberas de esta condena…piénsalo, y ¡nada episiotomía! Así te quedas perfecta para mí.

Cuando Nora me describió cómo su querido obsceno esposo le había dicho esta última frase al oído, me dieron tales nauseas que no dudé en mi acción, que es lo que quiero que juzgues. Hasta entonces pensaba en Nora como en una muñequita en su casa, pero en aquel momento la vi como un pelele de vudú, al que Didier, con la precisión de un acupuntor, iba clavando agujas que anulan su personalidad. Tan es así que de repente Nora se puso a desdramatizar la situación diciendo que estas cesáreas a los siete meses son una práctica común entre las modelos en Milán…No, no dude en mi misión.

Pasaron cinco meses en los que me centré en mi tarea de administradora de aquella inmensa casa, pero llegó. La única carta personal que había llegado en todo aquel tiempo. La mezclé entre las cartas de Didier, a sabiendas de que aunque se hubiera percatado de que el destinatario era su mujer, él la abriría. Y así fue. Aquella noche los gritos se oían en toda la casa.

Pero, inconsciente, ¿tú te das cuenta de lo que has hecho?, le reprochaba una y otra vez Didier a Nora. Te has saltado la ley de tu país a la torera, y no, no consiento que me digas que lo has hecho por mí, nadie se creerá que yo he salido adelante con las cuatro perras que sacaste con tu travesura, y esta travesura puede empañar mi nombre en un momento en el que no me puedo permitir ningún escándalo aunque sea indirecto, ¿lo entiendes? Pero, ¿a quién se le ocurre? No, no se hable más, pusiste en peligro tu futura maternidad para demostrar que no eres una inútil, pero si eres incapaz de hacer nada, esa no es mi culpa. Yo no voy a cargar con tu mancha. Y más te vale que esto no salga a la luz o…

¡Y entonces ocurrió lo impensable!

¿Inútil yo? ¿Mancharte yo, que lo único que hago es servirte y obedecerte? Transijo hasta el punto de dejar que me abran en dos y me saquen a mis hijas cuando sus pulmones ni siquiera estaban desarrollados. Parecían un amasijo de venas…quien puso en peligro mi maternidad aquí, imbécil? Pero no te preocupes, que no saldrá a la luz, o no estarás para verlo porque me voy, me voy.

El altivo señor Py reía diciendo donde vas a ir…pero por un momento dejé de oír. Lo siguiente que escuché fue un, ni te lo sueñes, no has sido capaz ni de educar a tus hijas, cómo puedes pensar que te dé la custodia, además, ¿qué ejemplo les vas a dar?, ¡no sabes ni alimentarte!, sólo sabes comprar tonterías…

Se escuchó un portazo, y así fue como Nora se fue de casa.

Bueno, dime ¿qué opinas?

--Que eres una hija de puta.

--------------------------
En esta ocasión propondremos un cuento inspirado en Casa de Muñecas de Henrik Ibsen.


¿Por qué leer Casa de Muñecas? Es una obra de teatro escrita en 1879 que causó tanto admiración como escándalo en su época. Libros, lectio magistralis, siempre plagadas de controversia, fueron organizadas para comentar el libro y analizar el comportamiento de la protagonista femenina, Nora.


Con una escritura directa y tremendamente sencilla, Ibsen nos lleva a través de la transformación de Nora, esposa de Torvaldo, desde un juguete, un animalito féliz, un niño más entre los hijos del matrimonio, hasta un ser capaz de menospreciar la conducta ruin de su marido hasta tal punto de arrojarse a si misma a la miseria y a la completa ignonimia social, para demostrar su honestidad moral.


No quiero desvelaros el hecho, un conflicto que contrapone moralidad y legalidad como espero saber plasmar en mi cuento, que provoca el despertar de Nora, pues querría invitaros a leer esta breve pero intensa obra. Con mi cuento, espero demostrar cómo, aunque con matices menos marcados, los comportamientos de Nora y Torvaldo siguen vigentes hoy.


Con palabras de H. Ibsen:


“Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y a la mujer se la juzga según el código de los hombres. [...] Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino.” (Notas para la tragedia actual. Ibsen.)


Con Casa de Muñecas, Henrik Ibsen fue catapultado a la fama rápidamente y a finales de siglo XIX no había país "civilizado" donde no hubiese sido representada. ¿Seguro que no queréis comprobar por qué?

sábado, 3 de mayo de 2008

De vuelta, en el tranvía Cementerios



Deberían prohibir el ferrocarril, por brujo. En él los árboles corren, las gotas de lluvia arañan, moribundas, los cristales y los trenes contrarios aúllan en una explosión de silencio. Mientras, sus pasajeros, sonríen inconscientes, sonríen, en la creencia de que nadie intuye sus tenebrosos pensamientos. En un tren no sólo se conciben sino que se urden en detalle, asesinatos, infidelidades, venganzas, sueños.

Stanley Kowalski, norteamericano de ascendencia polaca, coge un tranvía llamado Cementerios a esa hora en que las botellas, vacías de su espíritu, vagabundean por las calles, las estrellas se difuminan y las farolas cuentan su último baile. Acaba de nacer su primer hijo, pero Stanley regresa a casa a dormir. Allí le espera Blanche, su cuñada, y nunca mejor dicho, ¡no sabe lo que le espera!

Asiente con la cabeza al vaivén del tranvía. Le había tirado a la cara a esa zorra, boquita de pitiminí, sus billetes de vuelta a Laurel, para que también la echaran a patadas de su ciudad, por puta. Seis meses en su casa arruinando su matrimonio eran demasiado, por muy cuñada que fuera. Seis meses en que le había dado cobijo a esa alimaña y la señorita, la princesa, el ruiseñor de baños de vapor y coca cola helada se la había pasado insultándolo, ridicularizando su casa y criticando su posición económica. Stanley levanta sus ojos fijos como un horizonte y observa cómo la luna se desdibuja. La noche está abriendo, pero él no quiere darla por zanjada.

El tranvía vuelve a zarandear sus inflamables pensamientos. Stanley eructa, y vuelve a asentir mientras se examina los pectorales bajo su mojada camiseta denim. El licor afina el espíritu en los climas calientes. A decir verdad, a la puta de su cuñada ya la echaron de su ciudad, por fulana, y por ello cayó en su casa, la muy desgraciada. Se lo montaba en hoteles de lujo, será de ahí que le viene esa elevada clase economica suya de la que tanto alardea. Aunque no sólo alternaba en los hoteles, para ser precisos. Cuando ejercía de profesora de lengua, se codeaba con sus alumnos de secundaria, si llegaba pronto a casa, hospitaba a jovenes reclutas del cuartel militar de Laurel. Elysian Fields, Stanley vuelve a mirar al incrédulo astro antes de bajar los peldaños del tranvía. Blanche, prepárate, todavía hay tiempo.

La puerta de madera chirría y Stanley hace tintinear las llaves, ¿gatito, dónde estas? Sonríe y se perfuma con un eructo exhalado con el temple del humo de un cigarro. Stanley busca a Blanche como un perro olfatea el rastro de un forajido.

--Uhm las galas de la reina ahí estas canta canta cantando el baño de luna te lo voy a dar yo no no el espejo ahí dónde está a mí también me gusta que me miren qué crees subhumano puerco eslabón perdido entre tu peor pesadilla y el infierno HUH sí tu hermana está bien qué..borracha bañada en MI licor mejor así sí lenta sí correcto adivinado pasar aquí la noche los dos solitos ah no si lo llevas deseando desde que pisaste esta casa guarrona JA un telegrama de un admirador DE UNO AL QUE SE LA SACABAS BRILLO no no ni esos se acuerdan de ti vieja perra no te vas te ECHO por mis huevos que te echo pero antes una mujer cultivada una mujer de INTELIGENCIA Y DE CLASSE enriquece la vida de un hombre inmensurablemente te voy a enseñar yo qué trae no nononono te voy a hacer daño UN DIAMANTE y yo que creía que era un diamante porque por golfa uhmmm te estoy viendo las tetitas fuera ya ésta uhm que ojos tan abiertos espera espera y veras que se te abrirán más durísima qué haces sí sísí guerra guerra callejera pero no te cortes que no me quiero manchar perra rastrera me gusta como agarras el mango de la botella mi polla un respingo y todo el espinazo voilá con la hebilla no no hace falta así dame así por fin fierecilla así que un culo esponjoso gomma te lo estoy poniendo morado se enciende así así me pone su vaivén blup gomma blup vamos allá voy sediento tu ahí bien pegadita a la mesa quieta leona mira tu cepillo de la reina de los mares sí sí qué idea el mango cantabas pues ahora cantarás ahí así a cholón mira y ahora en alternancia delante detrás delante detrás como nuestros tranvías deseo cementerios deseo cementerios rico eh no era así tu muchachito de 17 años es el que tienes en el culo y delante tu simio que gruñe y besa y gruñe y caza el cerdo dedos pringosos de grasa chúpamelos Blanche Blanche Blanche tus soldaditos con tres seguro seguro gran puta no me muerdas ahh sí sí sí te mojas glup glup glup uhmmm glup rico mojadita estaba sí sediento mojadita sí jugosa sí rico sí zorra sí yo…..arrrg también.--

Y la luna a hurtadillas abandona el río de dolor de Blanche.
--------------------------------------------------
No os quedéis en las películas inspiradas en las obras de Tennesse Williams (T.W), no caigáis en este crasso error.
No he visto todas, como no he leído todas las obras de T.W, pero de las tres que he hecho lo uno y lo otro, veo claramente unos finales muy edulcorados dictados por la industria Hollywoodiana de la época y que merman, en mi opinión, gran parte del mensaje que T.W quiso darles. De hecho, a grandes rasgos, T.W desmantela, con sutilidad, el gran sueño americano, mientras que sus películas lo ensalzan. Algunas de sus películas son: Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc, La noche de la iguana y, como no, Un Tranvía llamado deseo.

T.W, es de por sí, un personaje de novela. Nacido en Misisipi, Estados Unidos, a los siete años una difteria lo encierra en casa y animado por su madre, empieza a escribir al poco tiempo. Su padre, violento y de posición social humilde y su madre, descendiente, en cambio, de una buena familia sureña, inspiraran su obra. No menos, su hermana Rose, una belleza delgada que recuerda a Laura de El Zoo de cristal, diagnosticada de esquizofrenia en primer lugar y más tarde, paranoica, marcará aún más su obra y su deprimido humor. La lobotomía que le practican a su hermana y que la deja incapacitada, hace que T. W. nunca perdonara a sus padres, lo que explicaría también el sesgo negativo que tienen las relaciones filiales en sus obras. Muere a los 71 años en una habitación de hotel, al atragantarse con la tapa de un bote de pastillas. Su hermano Dakin, cree que fue asesinado.

¿Por qué leer Un tranvía llamado deseo? Porque contrapone perfectamente la refinada educación y clase social de Blanche y la incultura y rudeza de Stanley. Vemos además un magistral cambio de roles, desde una caprichosa y cruel Blanche y una victima, Stanley, hasta la situación perfectamente opuesta.

jueves, 1 de mayo de 2008

¿Quién ha mojado las alas a la mariposa?


Una mariposa no sólo vuela, más bien perfuma el aire con sus colores. Su vuelo es ligero, inconsciente, como el flotar de las pompas de jabón. Una mariposa puede morder una flor agitando sus alas cual destellos, detener el tiempo mientras se deja traspasar por un rayo de sol o adornar un árbol. Su función en la vida es una oda a la hermosura.

En cambio un día, su vuelo se vuelve pesado, y parece arrastrar una cadena. Entonces el insecto salta, tira de su frágil cuerpo, se esfuerza a derecha, a izquierda, cansado, pero sus alas parecen impregnadas de nostalgia. ¿Quién ha mojado las alas a la mariposa?

Sohara saltaba a la comba, a pies juntillas, alternando los pasos, rápido, despacio. La canción que se repetía a sí misma se le entrecortaba entre los dientes. Era alegre, lo importante era sentirla. Su respiración arrollaba la letra pero la melodía repicaba en sus pulmones, en sus oídos y le hablaba de él, de Raúl, que la esperaba en Madrid cuando terminara el verano. No pensaba en nada más, bueno sí, que el horizonte también saltaba y el sol se mecía en su rostro, dónde si no. Así había pasado su primera tarde en Femés, un pueblecito que vivía a la sombra de una palmera seca, una palmera que escondía el cadáver de un forastero, un forastero que llegó con ilusión. Pero en Femés suceden cosas y el extranjero no es bienvenido.

-- ¡Salta, salta Mararía, que esta muriendo el día!, ¡Salta, salta Mararía, que esta muriendo el día!-- Sus primas la recibieron con esta tonada.
Sohara se detuvo en seco y las miró: Cinco urracas, se dijo sonriendo en lo más profundo de su ser. Las cinco chicas iban envueltas en grandes trapos negros que sólo dejaban ver sus rostros. Sus ojos y sus dientes brillaban, pero no con un destello vivo sino con un titilar de clara de huevo, de ojo de pez muerto. Eran feas.

-- Hola, ¿sois mis primitas, verdad?-- Sohara utilizó el diminutivo para hacerse más afable, pues sabía la impresión que causaba en las otras féminas y sonrió con lo que pareció ser dulzura. Estaba aterrorizada, así, de repente, sin más. La calima de la isla no le daba buen auspicio, borraba el paisaje.

De Femés se contaba que era de la misma naturaleza que las dunas, es decir, que se movía, y por lo tanto, los malpaíses un día crecían a occidente, a las llanuras de jables y caliches les salían jorobas aquí y allá y, lo que era peor, la Piedra Negra se te podía plantar delante sin avisar, con todo lo que ello conllevaba. Se decía que la arena de Femés era el diablo y ese monolito, su templo, que los hombres del pueblo vivían en un letargo perenne y las mujeres deambulaban como bandadas de pájaros, esquivas y recelosas.

-- Socorro, Remedios, Dolores, Milagros, Visitación. -- Visi, como en la escena que evoca su nombre, con solemnidad y premonición, enumeró el rosario de vírgenes que eran sus hermanas y marcó un silencio mortuorio.

Sohara sintió un escalofrío viendo a aquella niña de corta edad y canija dominar aquel grupo. Podía leer en aquellos ojos de liendre su determinación y, en cierta medida, su precoz maldad. Visi, oliendo el miedo en la recién llegada hizo una mueca que debía ser una sonrisa, pues enseñó dos paletas grandes de dientes, y pronunció adagio:

-- ¿Te crees muy guapa, verdad?
En aquel instante, los cinco cipreses se replegaron entorno a ella:

— Tu fama te ha precedido.

Visitación empezó a tirarle de las coletas, llamando a duelo, sin duda. Sohara se apartó empujándolas pero Socorro la tomó del brazo:

-- No la hagas caso, es pequeña y nunca había visto un pelo de color ocre. ¿Sabes? Aquí las mujeres somos todas iguales, bueno todas menos una.

Sohara tragó saliva, tenía que tranquilizarse, eran sus primas. Socorro parecía normal. Eran aquellas túnicas lo que le daban miedo, seguro que eran niñas como ella.

-- Sí, pero esa “una” ya está muerta. -- Añadió Visitación tirándola una vez más del pelo.

-- ¡Basta, Visi! -- Socorro intentó moderar el ambiente. --Mi madre me ha dado dinero para que nos compremos unos dulces, ¿vienes?

Sohara asintió con la cabeza e intentó establecer algún tipo de complicidad con Remedios, Dolores y Milagros. No hablaban y tenían una mirada mansa, como de vaca, a decir verdad. Necesitaba entablar algún tipo de comunicación. Las volvió a mirar, pero estas tres parecían ligadas como los muñecos de un futbolín, de hecho sus facciones parecían burdamente dibujadas y estáticas. Sohara decidió que al menos de esas tres no tenía que preocuparse, si es que su congoja tenía razón de ser alguna. Lanzó un atisbo rápido con el rabillo del ojo: tris de espárragos trigueros, lánguidos y renegridos, olvidados en una sartén, pero las otras dos seguían poniéndola nerviosa.

Socorro había indicado hacia dónde se encontraba la taberna del pueblo pero dejaron que Sohara caminase delante. Así, formaron una hilera pisando su sombra, se reagrupaban y bailaban tras ella como urracas. Cuando Sohara se giraba para verlas, ellas se desplazaban al lado opuesto, como la cola de un perro que no quiere ser mordida. Volviendo al frente, la mirada de Sohara se topó con la de un hombre. Estaba apoyado en el quicio de una puerta. Más que delgado era chupado, con la carne que le resbalaba como la lava de un volcán, la barriga un poco inflamada, probablemente de tanto vino de Uga como bebía:

-- Me habían descrito al hombre, con ojos de ratón, negros, cabezas de alfiler…-- El hombre enumeraba una letanía sin fin.

Cuatro metros más adelante, sentado en la acera de enfrente, otro hombre, con pelo aceitoso, escaso y largo y moscas aposentadas en su cara contaba esa historia haciendo aspavientos con las manos:

-- Un hombre con un diente arriba y otro diente abajo...—El espejo de aquel otro hombre repetía la misma retahíla maléfica.

Socorro se anticipó a la pregunta y explicó que todos los hombres de Femés vivían idiotizados por la cuerva, la Mararía. Estos dos, llamamos Atalaya y Tinazor pues nadie conocía sus verdaderos nombres, eran dos forasteros que se interesaron por la Mararía y acabaron así.

--Claro que podían haber terminado bajo la palmera… dinos—afiló la voz Socorro en esta última frase.
De repente había jalado con fuerza por el brazo a Sohara y le clavaba las uñas:

-- ¿Sabes de que hombre hablan y sabes lo que ello conlleva, verdad? Es cómo empezaba la historia de la cuerva. La descripción de ese hombre es el preludio de la tragedia de la Mararía. Vamos, sigue, Sohara, veo que te la sabes muy bien esta historia: “un hombre con bigote grande, espeso, de puntas afiladas…”

Un hormigueo eléctrico recorrió las extremidades de Sohara:
-- ¿Un hombre con un pie descalzo y otro calzado…Pedro…Pedro el Geito?…-- balbuceó.
Sohara empezó a gemir y con sus ojos ahogados en lágrimas imploró una respuesta: ¿de dónde le había llegado aquel nombre, del beso de la arena, tal vez, del viento de Femés, del destino? Fue entonces que la vio, alta como una torre, alargada como una sombra, fría y perentoria como la última campanada antes de una ejecución popular: una Inmaculada tétrica, vestida de negro, una bruja, la de Femés, la Mararía. Llevaba una túnica larga y pesada que cubría allá donde el fuego había reservado. Así, resaltaba su rostro ceniciento y enjuto en el que dos ascuas bailaban como una llama sin aceite; una danza agotada y fugaz, como su pasada belleza. Sohara echó a correr.

-- ¡Tienes mala espina, Sohara, no busques más respuestas!
Sus primas arrancaron con un espasmo fulminante y en un santiamén ocupaban toda la plaza. Pisaban con fuerza el suelo levantando una polvareda bermellón. La hicieron correr de lado a lado asfixiándola mientras Visi y Socorro gritaban:

-- ¡La Mararía, la cuerva, te atrapará con sus garras de milano y se comerá tus ojos como si de lombrices de tierra se tratara!
El cielo, partícipe, desteñía hebras de azafrán encendido con un rojo derramado. Sohara no podía más, tenía el corazón agarrado a su garganta. Acorralada se lanzó de rodillas delante de Remedios, Dolores y Milagros, aquellas tres efigies impertérritas, aquellos juncos flemáticos de ojos calmos.

Magno error, no era serenidad, sino la resolución del que no decide pero ejecuta: un chasquido de los dedos de Visi y las tres impávidas se lanzaron sobre Sohara como jabalíes hambrientos:

-- ¿Te crees más que nosotras con tu pelo al descubierto y tus aires de ciudad, verdad? Exhibicionista, quieres engatusar a los chicos, hipnotizarlos, como hizo la Mararía, convertirlos en zombis…
El primer grito de Sohara divirtió a Visi.

--Mi madre dice que la Mararía sólo se iba con los forasteros, la muy guarra, como si nuestros hombres fueran menos.
La resabiada niña supervisaba el canibalismo de los tres falsos rumiantes como quien espera que el agua hierva.

-- Así todos los del pueblo suspiraron por ella sin conseguirla y tuvo un hijo, la muy cochina, sin casarse y Femés se lo devolvió en la bahía de los ahogados, flotando.
Remedios, Dolores y Milagros hacían ruidos grotescos en su carnicería. Habían arrancado el pelo de Sohara como quien limpia mejillones, con tirones tenaces, a dos manos. Machacaron su cabeza contra el suelo repetidas veces cual coco maduro. Le arrancaron las pestañas, arañaron, mordieron y disfrutaron enormemente cuando vieron que Sohara volvía en sí negando con la cabeza. Fue entonces cuando Socorro hurgando bajo su manto paso el instrumento a Visi:

--Tu turno, sacerdotisa.
Sohara notó como la quitaban las bragas.

En sus párpados vio a la Mararía, que parsimoniosa, se le acercaba. Con un gesto lento alzaba una mano, hermosa y delicada como el pétalo de un rosa, y dejaba caer una cerilla sobre su túnica. Comprendió la tristeza del corazón de la Mararía, su vida plagada de odios y rencores. Había sido conquista para los hombres, envidia para las mujeres, madre soltera huérfana de hijo, y todo por culpa de su belleza. En su sueño de huir de Femés a través de los forasteros, encontró su cárcel y se aisló en la más árida soledad.

Sohara notó como le caían salivazos, al ritmo de guarra, guarra y cochina, en su cara, en su sexo apenas cubierto de un sucinto plumón, por doquier, pero los confundía con el avanzar del fuego por la túnica de la Mararía. La de Femés no se inmutó, resignada a su suerte, pero Sohara era distinta, luchó por abrir los ojos y dijo:

--Yo no soy la Mararía.
--¡Oh sí, si que lo eres, tú y tantas, y merecéis la muerte!
Sin más cavilaciones Visi empuñó la flauta dulce que le había pasado Socorro y penetró a Sohara con violencia.

Ora, con las alas mojadas, el insecto se convulsiona, resbala, patina. Los brazos se le caen una y otra vez pero no se da por vencido. En el cielo siguen floreciendo amapolas, y la mariposa sabe que las alcanzará, con un ímpetu nuevo pero sin dejar nunca de embriagar pistilos y de iluminar árboles. ¿No dejaría acaso de ser una mariposa?

miércoles, 30 de abril de 2008

Tocino de cielo




Demasiado tocino. Raudo, inapelable, obsesivo; Éste fue el primer pensamiento que le pasó por la mente a Ignatius J. Reilly: demasiado tocino. Y no sería para nada insólito si no viniese de uno que no ha follado en los últimos 32 años (es decir, nunca) al percatarse que la mano de una joven recaía sobre su orondo muslo.

Cuaderno del Gran Jefe y gorra de cazador en mano, adoptó una postura tiesa y estática mientras que aquella chica se agarraba al interior de su muslo, lo acariciaba distraída o le daba pequeños golpecitos con sus dedos. Esto delante a la inmensa multitud que aquella mañana de diciembre encontraba refugio en el café ardiente de PJ’s.

Tal vez sentía temor. Decía Oscar Wilde que cualquier cosa se convierte en un placer cuando se hace demasiado a menudo, y aunque el escritor inglés se refería a oscuras actividades tales como el estupro, el asesinato con saña, la pederastia, el sexo en Ignatius J. Reilly no podía dejar de ser algo igualmente bestial, por ávido y retorcido. No, el sexo no respondía a sus criterios de geometría decorosa y teología. Por ello no podía caer en semejante acto.

Bajó la mirada, ¡cuánto le gustaría poder escribir en su cuaderno del Gran Jefe en ese momento! En una ocasión había oído referirse a ellas como las nubecillas de las uñas, más a Ignatius J. Reilly sólo le venía decir, aparta esos torreznos de mi pierna, que a saber que ocultas bajo ellos. Son como las alfombras, donde la gente barre sus vergüenzas, pinceles que maceran grasa, barro, y otros líquidos de dudosa procedencia. A saber, las uñas hasta delatan crímenes, ¿qué indicios de actos más rutinarios se pueden perder las uñas? Por no hablar de las uñas pintadas. Si cree que su mujer le es infiel, mire debajo de sus lacados nubarrones y encontrará una perfecta cronología de la jornada. Pero existe una ralea peor de uñas, y éstas son las kilométricas, aquellos apéndices que te permiten escribir en el ordenador con zancos táctiles. No sólo suelen ser curvadas como garras, sino también cónicas, lo que las convierte en cucharas cuando las mujeres extienden las palmas de sus manos. Y una vez más, ¡qué caldo te ofrecen beber!

Con esa reflexión como voz en off, Ignatius J. Reilly proyectaba la mano de aquella joven escurriéndose por su sexo, cubrir y descubrir su prepucio, corretear por los pliegues de su miembro, beato vaivén, mientras sus uñas tomaban un brillo de clara de huevo. Ignatius J. Reilly estiró afanosamente su lengua y recogió las migas que espolvoreaban su espeso y arcano bigote negro.

Ignatius J. Reilly no era un acolito casual de la castidad (dicen que el matrimonio es una castidad programada tras el cuarto año del desposorio, sumando a otros muchos motivos que llevan a la misma), sino que veía en ella una salvaguardia para su alma, como la que le otorgaba el no comer comida enlatada (una autentica perversión a su menester) o no salir de Nueva Orleáns (más allá de sus límites habita el corazón de las tinieblas y nace la tierra de los residuos, decía continuamente). Por esto, por la tentación que aquella mano le estaba acarreando, se levantaría y desde arriba exhortaría a aquella mujer que se mirase a sí misma.

Borra de tu cara esa cándida sonrisa. No eres diferente a los niños cantores de la televisión, que se contornean como adultos, agitando la pelvis ellos, meneando unos imaginarios pechos ellas. Después encaran la cámara con sus mullidas bocas entreabiertas y sonríen lascivos, invitando a descubrir lo que esconden en su manceba piel. Así caen en sus redes promotores y apoderados, el fin justifica los medios, es business. No señorita, usted carece de gusto y decencia, usted es una negación de toda calidad humana…

Un pinchazo con forma de media luna cortó ese efluvio de pensamientos y el pene de Ignatius J. Reilly dio un respingo que hizo tambalear el bajo abdomen de sus pantalones de tweed. Se abandonó a aquella erección y se embriagó de imágenes que corrían como glóbulos en una arteria: Rex, su collie se aproxima curioso, siente su aliento, su guirnalda de pelo lo cosquillea, después los niños cantores, con sus anchos dientes separados, sonríen, ¡qué bocas tan grandes!, una niña se descubre un hombro mientras baila… Ignatius J. Reilly está desnucado, vencido por el placer que emana y calienta su entrepierna, está solo inmerso en la multitud de PJ’s.

--Ahhhhhhhh--La doncella de las uñas saltó de su sitio llorando nerviosa, con las manos entorno a la boca como se hubiese visto un crimen.

Y allí yacía Ignatius J. Reilly, la mandíbula desencajada, la barbilla húmeda y los ojos semicerrados. Las niñas de sus ojos tardaron en bajar del cielo de placer.