Cabriola: un blog literario donde cabrás tú. Hace tiempo, alguien me dijo que no es tan importante leer más, sino leer mejor. De esta idea nace este blog, que querría invitar a leer libros clásicos o menos conocidos, entrando dentro de ellos, con lápiz y papel, subrayando, haciendo una lectura actual, dando de nuevo vida a sus personajes, o a su mundo, leyendo y releyendo. Si os animáis, ¡escribidme!

sábado, 3 de mayo de 2008

De vuelta, en el tranvía Cementerios



Deberían prohibir el ferrocarril, por brujo. En él los árboles corren, las gotas de lluvia arañan, moribundas, los cristales y los trenes contrarios aúllan en una explosión de silencio. Mientras, sus pasajeros, sonríen inconscientes, sonríen, en la creencia de que nadie intuye sus tenebrosos pensamientos. En un tren no sólo se conciben sino que se urden en detalle, asesinatos, infidelidades, venganzas, sueños.

Stanley Kowalski, norteamericano de ascendencia polaca, coge un tranvía llamado Cementerios a esa hora en que las botellas, vacías de su espíritu, vagabundean por las calles, las estrellas se difuminan y las farolas cuentan su último baile. Acaba de nacer su primer hijo, pero Stanley regresa a casa a dormir. Allí le espera Blanche, su cuñada, y nunca mejor dicho, ¡no sabe lo que le espera!

Asiente con la cabeza al vaivén del tranvía. Le había tirado a la cara a esa zorra, boquita de pitiminí, sus billetes de vuelta a Laurel, para que también la echaran a patadas de su ciudad, por puta. Seis meses en su casa arruinando su matrimonio eran demasiado, por muy cuñada que fuera. Seis meses en que le había dado cobijo a esa alimaña y la señorita, la princesa, el ruiseñor de baños de vapor y coca cola helada se la había pasado insultándolo, ridicularizando su casa y criticando su posición económica. Stanley levanta sus ojos fijos como un horizonte y observa cómo la luna se desdibuja. La noche está abriendo, pero él no quiere darla por zanjada.

El tranvía vuelve a zarandear sus inflamables pensamientos. Stanley eructa, y vuelve a asentir mientras se examina los pectorales bajo su mojada camiseta denim. El licor afina el espíritu en los climas calientes. A decir verdad, a la puta de su cuñada ya la echaron de su ciudad, por fulana, y por ello cayó en su casa, la muy desgraciada. Se lo montaba en hoteles de lujo, será de ahí que le viene esa elevada clase economica suya de la que tanto alardea. Aunque no sólo alternaba en los hoteles, para ser precisos. Cuando ejercía de profesora de lengua, se codeaba con sus alumnos de secundaria, si llegaba pronto a casa, hospitaba a jovenes reclutas del cuartel militar de Laurel. Elysian Fields, Stanley vuelve a mirar al incrédulo astro antes de bajar los peldaños del tranvía. Blanche, prepárate, todavía hay tiempo.

La puerta de madera chirría y Stanley hace tintinear las llaves, ¿gatito, dónde estas? Sonríe y se perfuma con un eructo exhalado con el temple del humo de un cigarro. Stanley busca a Blanche como un perro olfatea el rastro de un forajido.

--Uhm las galas de la reina ahí estas canta canta cantando el baño de luna te lo voy a dar yo no no el espejo ahí dónde está a mí también me gusta que me miren qué crees subhumano puerco eslabón perdido entre tu peor pesadilla y el infierno HUH sí tu hermana está bien qué..borracha bañada en MI licor mejor así sí lenta sí correcto adivinado pasar aquí la noche los dos solitos ah no si lo llevas deseando desde que pisaste esta casa guarrona JA un telegrama de un admirador DE UNO AL QUE SE LA SACABAS BRILLO no no ni esos se acuerdan de ti vieja perra no te vas te ECHO por mis huevos que te echo pero antes una mujer cultivada una mujer de INTELIGENCIA Y DE CLASSE enriquece la vida de un hombre inmensurablemente te voy a enseñar yo qué trae no nononono te voy a hacer daño UN DIAMANTE y yo que creía que era un diamante porque por golfa uhmmm te estoy viendo las tetitas fuera ya ésta uhm que ojos tan abiertos espera espera y veras que se te abrirán más durísima qué haces sí sísí guerra guerra callejera pero no te cortes que no me quiero manchar perra rastrera me gusta como agarras el mango de la botella mi polla un respingo y todo el espinazo voilá con la hebilla no no hace falta así dame así por fin fierecilla así que un culo esponjoso gomma te lo estoy poniendo morado se enciende así así me pone su vaivén blup gomma blup vamos allá voy sediento tu ahí bien pegadita a la mesa quieta leona mira tu cepillo de la reina de los mares sí sí qué idea el mango cantabas pues ahora cantarás ahí así a cholón mira y ahora en alternancia delante detrás delante detrás como nuestros tranvías deseo cementerios deseo cementerios rico eh no era así tu muchachito de 17 años es el que tienes en el culo y delante tu simio que gruñe y besa y gruñe y caza el cerdo dedos pringosos de grasa chúpamelos Blanche Blanche Blanche tus soldaditos con tres seguro seguro gran puta no me muerdas ahh sí sí sí te mojas glup glup glup uhmmm glup rico mojadita estaba sí sediento mojadita sí jugosa sí rico sí zorra sí yo…..arrrg también.--

Y la luna a hurtadillas abandona el río de dolor de Blanche.
--------------------------------------------------
No os quedéis en las películas inspiradas en las obras de Tennesse Williams (T.W), no caigáis en este crasso error.
No he visto todas, como no he leído todas las obras de T.W, pero de las tres que he hecho lo uno y lo otro, veo claramente unos finales muy edulcorados dictados por la industria Hollywoodiana de la época y que merman, en mi opinión, gran parte del mensaje que T.W quiso darles. De hecho, a grandes rasgos, T.W desmantela, con sutilidad, el gran sueño americano, mientras que sus películas lo ensalzan. Algunas de sus películas son: Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc, La noche de la iguana y, como no, Un Tranvía llamado deseo.

T.W, es de por sí, un personaje de novela. Nacido en Misisipi, Estados Unidos, a los siete años una difteria lo encierra en casa y animado por su madre, empieza a escribir al poco tiempo. Su padre, violento y de posición social humilde y su madre, descendiente, en cambio, de una buena familia sureña, inspiraran su obra. No menos, su hermana Rose, una belleza delgada que recuerda a Laura de El Zoo de cristal, diagnosticada de esquizofrenia en primer lugar y más tarde, paranoica, marcará aún más su obra y su deprimido humor. La lobotomía que le practican a su hermana y que la deja incapacitada, hace que T. W. nunca perdonara a sus padres, lo que explicaría también el sesgo negativo que tienen las relaciones filiales en sus obras. Muere a los 71 años en una habitación de hotel, al atragantarse con la tapa de un bote de pastillas. Su hermano Dakin, cree que fue asesinado.

¿Por qué leer Un tranvía llamado deseo? Porque contrapone perfectamente la refinada educación y clase social de Blanche y la incultura y rudeza de Stanley. Vemos además un magistral cambio de roles, desde una caprichosa y cruel Blanche y una victima, Stanley, hasta la situación perfectamente opuesta.

jueves, 1 de mayo de 2008

¿Quién ha mojado las alas a la mariposa?


Una mariposa no sólo vuela, más bien perfuma el aire con sus colores. Su vuelo es ligero, inconsciente, como el flotar de las pompas de jabón. Una mariposa puede morder una flor agitando sus alas cual destellos, detener el tiempo mientras se deja traspasar por un rayo de sol o adornar un árbol. Su función en la vida es una oda a la hermosura.

En cambio un día, su vuelo se vuelve pesado, y parece arrastrar una cadena. Entonces el insecto salta, tira de su frágil cuerpo, se esfuerza a derecha, a izquierda, cansado, pero sus alas parecen impregnadas de nostalgia. ¿Quién ha mojado las alas a la mariposa?

Sohara saltaba a la comba, a pies juntillas, alternando los pasos, rápido, despacio. La canción que se repetía a sí misma se le entrecortaba entre los dientes. Era alegre, lo importante era sentirla. Su respiración arrollaba la letra pero la melodía repicaba en sus pulmones, en sus oídos y le hablaba de él, de Raúl, que la esperaba en Madrid cuando terminara el verano. No pensaba en nada más, bueno sí, que el horizonte también saltaba y el sol se mecía en su rostro, dónde si no. Así había pasado su primera tarde en Femés, un pueblecito que vivía a la sombra de una palmera seca, una palmera que escondía el cadáver de un forastero, un forastero que llegó con ilusión. Pero en Femés suceden cosas y el extranjero no es bienvenido.

-- ¡Salta, salta Mararía, que esta muriendo el día!, ¡Salta, salta Mararía, que esta muriendo el día!-- Sus primas la recibieron con esta tonada.
Sohara se detuvo en seco y las miró: Cinco urracas, se dijo sonriendo en lo más profundo de su ser. Las cinco chicas iban envueltas en grandes trapos negros que sólo dejaban ver sus rostros. Sus ojos y sus dientes brillaban, pero no con un destello vivo sino con un titilar de clara de huevo, de ojo de pez muerto. Eran feas.

-- Hola, ¿sois mis primitas, verdad?-- Sohara utilizó el diminutivo para hacerse más afable, pues sabía la impresión que causaba en las otras féminas y sonrió con lo que pareció ser dulzura. Estaba aterrorizada, así, de repente, sin más. La calima de la isla no le daba buen auspicio, borraba el paisaje.

De Femés se contaba que era de la misma naturaleza que las dunas, es decir, que se movía, y por lo tanto, los malpaíses un día crecían a occidente, a las llanuras de jables y caliches les salían jorobas aquí y allá y, lo que era peor, la Piedra Negra se te podía plantar delante sin avisar, con todo lo que ello conllevaba. Se decía que la arena de Femés era el diablo y ese monolito, su templo, que los hombres del pueblo vivían en un letargo perenne y las mujeres deambulaban como bandadas de pájaros, esquivas y recelosas.

-- Socorro, Remedios, Dolores, Milagros, Visitación. -- Visi, como en la escena que evoca su nombre, con solemnidad y premonición, enumeró el rosario de vírgenes que eran sus hermanas y marcó un silencio mortuorio.

Sohara sintió un escalofrío viendo a aquella niña de corta edad y canija dominar aquel grupo. Podía leer en aquellos ojos de liendre su determinación y, en cierta medida, su precoz maldad. Visi, oliendo el miedo en la recién llegada hizo una mueca que debía ser una sonrisa, pues enseñó dos paletas grandes de dientes, y pronunció adagio:

-- ¿Te crees muy guapa, verdad?
En aquel instante, los cinco cipreses se replegaron entorno a ella:

— Tu fama te ha precedido.

Visitación empezó a tirarle de las coletas, llamando a duelo, sin duda. Sohara se apartó empujándolas pero Socorro la tomó del brazo:

-- No la hagas caso, es pequeña y nunca había visto un pelo de color ocre. ¿Sabes? Aquí las mujeres somos todas iguales, bueno todas menos una.

Sohara tragó saliva, tenía que tranquilizarse, eran sus primas. Socorro parecía normal. Eran aquellas túnicas lo que le daban miedo, seguro que eran niñas como ella.

-- Sí, pero esa “una” ya está muerta. -- Añadió Visitación tirándola una vez más del pelo.

-- ¡Basta, Visi! -- Socorro intentó moderar el ambiente. --Mi madre me ha dado dinero para que nos compremos unos dulces, ¿vienes?

Sohara asintió con la cabeza e intentó establecer algún tipo de complicidad con Remedios, Dolores y Milagros. No hablaban y tenían una mirada mansa, como de vaca, a decir verdad. Necesitaba entablar algún tipo de comunicación. Las volvió a mirar, pero estas tres parecían ligadas como los muñecos de un futbolín, de hecho sus facciones parecían burdamente dibujadas y estáticas. Sohara decidió que al menos de esas tres no tenía que preocuparse, si es que su congoja tenía razón de ser alguna. Lanzó un atisbo rápido con el rabillo del ojo: tris de espárragos trigueros, lánguidos y renegridos, olvidados en una sartén, pero las otras dos seguían poniéndola nerviosa.

Socorro había indicado hacia dónde se encontraba la taberna del pueblo pero dejaron que Sohara caminase delante. Así, formaron una hilera pisando su sombra, se reagrupaban y bailaban tras ella como urracas. Cuando Sohara se giraba para verlas, ellas se desplazaban al lado opuesto, como la cola de un perro que no quiere ser mordida. Volviendo al frente, la mirada de Sohara se topó con la de un hombre. Estaba apoyado en el quicio de una puerta. Más que delgado era chupado, con la carne que le resbalaba como la lava de un volcán, la barriga un poco inflamada, probablemente de tanto vino de Uga como bebía:

-- Me habían descrito al hombre, con ojos de ratón, negros, cabezas de alfiler…-- El hombre enumeraba una letanía sin fin.

Cuatro metros más adelante, sentado en la acera de enfrente, otro hombre, con pelo aceitoso, escaso y largo y moscas aposentadas en su cara contaba esa historia haciendo aspavientos con las manos:

-- Un hombre con un diente arriba y otro diente abajo...—El espejo de aquel otro hombre repetía la misma retahíla maléfica.

Socorro se anticipó a la pregunta y explicó que todos los hombres de Femés vivían idiotizados por la cuerva, la Mararía. Estos dos, llamamos Atalaya y Tinazor pues nadie conocía sus verdaderos nombres, eran dos forasteros que se interesaron por la Mararía y acabaron así.

--Claro que podían haber terminado bajo la palmera… dinos—afiló la voz Socorro en esta última frase.
De repente había jalado con fuerza por el brazo a Sohara y le clavaba las uñas:

-- ¿Sabes de que hombre hablan y sabes lo que ello conlleva, verdad? Es cómo empezaba la historia de la cuerva. La descripción de ese hombre es el preludio de la tragedia de la Mararía. Vamos, sigue, Sohara, veo que te la sabes muy bien esta historia: “un hombre con bigote grande, espeso, de puntas afiladas…”

Un hormigueo eléctrico recorrió las extremidades de Sohara:
-- ¿Un hombre con un pie descalzo y otro calzado…Pedro…Pedro el Geito?…-- balbuceó.
Sohara empezó a gemir y con sus ojos ahogados en lágrimas imploró una respuesta: ¿de dónde le había llegado aquel nombre, del beso de la arena, tal vez, del viento de Femés, del destino? Fue entonces que la vio, alta como una torre, alargada como una sombra, fría y perentoria como la última campanada antes de una ejecución popular: una Inmaculada tétrica, vestida de negro, una bruja, la de Femés, la Mararía. Llevaba una túnica larga y pesada que cubría allá donde el fuego había reservado. Así, resaltaba su rostro ceniciento y enjuto en el que dos ascuas bailaban como una llama sin aceite; una danza agotada y fugaz, como su pasada belleza. Sohara echó a correr.

-- ¡Tienes mala espina, Sohara, no busques más respuestas!
Sus primas arrancaron con un espasmo fulminante y en un santiamén ocupaban toda la plaza. Pisaban con fuerza el suelo levantando una polvareda bermellón. La hicieron correr de lado a lado asfixiándola mientras Visi y Socorro gritaban:

-- ¡La Mararía, la cuerva, te atrapará con sus garras de milano y se comerá tus ojos como si de lombrices de tierra se tratara!
El cielo, partícipe, desteñía hebras de azafrán encendido con un rojo derramado. Sohara no podía más, tenía el corazón agarrado a su garganta. Acorralada se lanzó de rodillas delante de Remedios, Dolores y Milagros, aquellas tres efigies impertérritas, aquellos juncos flemáticos de ojos calmos.

Magno error, no era serenidad, sino la resolución del que no decide pero ejecuta: un chasquido de los dedos de Visi y las tres impávidas se lanzaron sobre Sohara como jabalíes hambrientos:

-- ¿Te crees más que nosotras con tu pelo al descubierto y tus aires de ciudad, verdad? Exhibicionista, quieres engatusar a los chicos, hipnotizarlos, como hizo la Mararía, convertirlos en zombis…
El primer grito de Sohara divirtió a Visi.

--Mi madre dice que la Mararía sólo se iba con los forasteros, la muy guarra, como si nuestros hombres fueran menos.
La resabiada niña supervisaba el canibalismo de los tres falsos rumiantes como quien espera que el agua hierva.

-- Así todos los del pueblo suspiraron por ella sin conseguirla y tuvo un hijo, la muy cochina, sin casarse y Femés se lo devolvió en la bahía de los ahogados, flotando.
Remedios, Dolores y Milagros hacían ruidos grotescos en su carnicería. Habían arrancado el pelo de Sohara como quien limpia mejillones, con tirones tenaces, a dos manos. Machacaron su cabeza contra el suelo repetidas veces cual coco maduro. Le arrancaron las pestañas, arañaron, mordieron y disfrutaron enormemente cuando vieron que Sohara volvía en sí negando con la cabeza. Fue entonces cuando Socorro hurgando bajo su manto paso el instrumento a Visi:

--Tu turno, sacerdotisa.
Sohara notó como la quitaban las bragas.

En sus párpados vio a la Mararía, que parsimoniosa, se le acercaba. Con un gesto lento alzaba una mano, hermosa y delicada como el pétalo de un rosa, y dejaba caer una cerilla sobre su túnica. Comprendió la tristeza del corazón de la Mararía, su vida plagada de odios y rencores. Había sido conquista para los hombres, envidia para las mujeres, madre soltera huérfana de hijo, y todo por culpa de su belleza. En su sueño de huir de Femés a través de los forasteros, encontró su cárcel y se aisló en la más árida soledad.

Sohara notó como le caían salivazos, al ritmo de guarra, guarra y cochina, en su cara, en su sexo apenas cubierto de un sucinto plumón, por doquier, pero los confundía con el avanzar del fuego por la túnica de la Mararía. La de Femés no se inmutó, resignada a su suerte, pero Sohara era distinta, luchó por abrir los ojos y dijo:

--Yo no soy la Mararía.
--¡Oh sí, si que lo eres, tú y tantas, y merecéis la muerte!
Sin más cavilaciones Visi empuñó la flauta dulce que le había pasado Socorro y penetró a Sohara con violencia.

Ora, con las alas mojadas, el insecto se convulsiona, resbala, patina. Los brazos se le caen una y otra vez pero no se da por vencido. En el cielo siguen floreciendo amapolas, y la mariposa sabe que las alcanzará, con un ímpetu nuevo pero sin dejar nunca de embriagar pistilos y de iluminar árboles. ¿No dejaría acaso de ser una mariposa?