Cabriola: un blog literario donde cabrás tú. Hace tiempo, alguien me dijo que no es tan importante leer más, sino leer mejor. De esta idea nace este blog, que querría invitar a leer libros clásicos o menos conocidos, entrando dentro de ellos, con lápiz y papel, subrayando, haciendo una lectura actual, dando de nuevo vida a sus personajes, o a su mundo, leyendo y releyendo. Si os animáis, ¡escribidme!

jueves, 31 de diciembre de 2009

Una buena boda


Bicho gafoso de mierda, me dijo un día y yo pensé, carcamal. Eso sí, a la semana un lasik exzimer había puesto fin a mis lentes. Oso hormiguero de mierda, y yo para mí, vejestorio, pero en un santiamén lucía una natural rinoplastia. Lo decía por el vello, ¡foto depilación! Ballena sebosa de mierda y yo, catafalco y corriendo liposucción, y posterior radiofrecuencia y vacunterapia para evitar brazos de murciélago…¡Y de repente, surgió la Venus que había en mí! Así que, cogí a Matusalén y le dije:

--Evitemos el divorcio contencioso, a la vista está lo que me has hecho pasar.

Mi madre se equivocaba, hay algo mejor que una buena boda.

martes, 22 de diciembre de 2009

Hilando el cielo

Ni subido a una escalera conseguiría besarte. Por ello, me agarro al extremo del cordel de la melodía que entonas y vuelo suspendida en tu voz de seda. Una brisa me envuelve, me eleva. Estiras un sol, eterno y yo veo cometas en el aire, hilando el cielo. Tus manos me hipnotizan como embrujan al Ariodante de Haendel haciendo flotar sus hojas, al roce de tus manos. Me trenzas con tus manos. Vuelvo a mi partitura, una misma melodía desde la que espiarte. Ya bajo los escalones de mi clavicémbalo goteando como lluvia que muere, y de repente, pulso esa nota, si bemol, donde por fin coincidimos.

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Para dar una mayor vida al blog, Cabrastú ha decidido participar en el concurso “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser. A pesar de que los microcuentos que participarán en el concurso no compartirán el espíritu del blog de promover las novelas clásicas o menos conocidas a través del plagio creativo, Cabrastú considera el concurso un ejercicio narrativo interesante. Puesto que Cabrastú no está teniendo suerte o acierto en este concurso, llamaremos a esta sección del blog “Relatos Estrellados”.

¿En qué consiste “Relatos en Cadena”? Es un concurso de Cadena Ser y Escuela de Escritores de microcuentos encadenados. Cada jueves se propone un frase, que será la última frase del microcuento ganador de la semana precedente, y a partir de ésta los concursantes deberán componer un relato de 100 palabras. Los participantes tienen de plazo hasta el domingo a las 12.00 para enviar su cuento a través de la sección del link de Relatos en cadena que encontráis entre los enlaces amigos de este blog. Hasta el miércoles siguiente, los participantes podrían recibir la llamada que les confirmará como finalistas de la semana y el jueves hablarán de su cuento en directo en el programa.

De premios, “Relatos en Cadena” ofrece 6000 euros en la final del año (donde participan los microcuentos ganadores del mes), un curso gratuito de Escuela de Escritores al mes para el ganador del periodo, y además la posibilidad de publicar los microcuentos ganadores en la Editorial Alfaguara. ¿Os animáis?

domingo, 26 de julio de 2009

La mujer cerilla


De desesperación se le caía el pelo. El lavabo del baño, viejo y amarillento, no mentía: aquellos espaguetis al nero di seppia eran suyos. Salió del aseo con una mano en la cabeza y sin despegar la mirada del suelo anunció a su colaboradora que iba a un recado, llegaría para el comienzo de la clase de escritura.

Este señor, un editor de los de pelo largo y barba raída, gafas de patillas abiertas, zapatos arrugados, chaleco deslucido y pantalón roto, no muchos años atrás vivía en un paraje de nombre Isola. Lindaba la edad de los sesenta años, era de complexión nervuda, carne ajada, y huraños ojos. De la casa editorial le quedaban una Fact totum dulce y paciente, una becaria irascible y caprichosa, un flexo impresentable -“genu-flexo”, de tan exagerada reverencia- y una aspiradora que devorada todo su saber: una plétora de pelos. Es bien sabido que la vida de todo buen editor ha de ser bohemia, y la de éste, sin jactarse lo era y mucho. Aparte de estos enseres y colaboradores, este editor también contaba con trece alumnos.

Miró el reloj, ya pasaban diez minutos de la cita y ella no había aparecido. Ella, Caterina Ravel, el revulsivo de su maltrecho grupo de pupilos.

--Mentula, ¿dónde estas?-- Dijo el editor mientras ponía los ojos en blanco. Se alisó otra vez los pelos. ¡No podía entrar sin ella! Volvió a posar su mirada en los alumnos. Gordos, inflados, cada vez más.

--¡Anda y a ver si explotáis ya de una vez, egocéntricos, aduladores, pirotécnicos de la palabra que nada dice! La lectura de vuestros escritos provoca obesidad intelectual!-- Decía una y otra vez a la vitrina que le separaba de sus alumnos.

Le llamaban el Teresi, seguramente no por devoción a Santa Teresa de Jesùs, con la que, sin embargo, compartía inquietud por la frase “Béseme el Señor con el beso de su boca, porque más valen tus pechos que el vino... (Cant. 1, 1)”, sino por sus padres que así lo decidieron. Le pusieron Teresio, búho, la representación de la sabiduría. Y ¡en parte lo lograron! porque tenía el Teresi talante de lechuza, y como estrigiforme que era girabale la cabeza doscientos setenta grados cuando veía sucesos como los que estaban ocurriendo en aquellos años: Presidentes de fútbol convertirse en Presidentes del Gobierno, cómicos en escritores, líderes comunistas compartir misal con epígonos del Opus Dei, guerras preventivas recibiendo el nombre de Libertad Duradera. Fue así, entre eventos tan disparatados, que el Teresi decidió crear una escuela de escritura, una “bodega”, como le gustaba llamarla, de mentes afiladas, inquietas, valientes, capaces de desmoronar aquella sinrazón que capitaneaba el mundo. Y, ¿qué obtuvo?, ¡una panda de pavos reales!

--¡Míralos, lo único que quieren hacer caer son las vestiduras de los alumnos de sexo opuesto! Grupos y grupos de alumnos y todos vienen por lo mismo, para follar-- El Teresi exhaló sonoramente, en su mano observo un puñado de pelos. Se iba a quedar calvo a este paso. Volvió a mirar a sus alumnos a través del escaparate de la editorial. Más que gordos, los pupilos estaban redondos, podrían dormir de pie, como los pájaros. El Teresi mascaba tabaco y lo escupía en rumiadas bolas. Esta vez tenía que funcionar, Caterina Ravel es infalible. Giró la muñeca en un tic nervioso. Se alisó la barba, el cuarto de hora diplomático estaba llegando a su fin.

Pensaba en cómo los había instruido. Primero la técnica: “cada alumno debe estudiar un error común del escritor aficionado hasta ser un maestro de tal yerro. De la sana confrontación de los educandos surgirá un grupo capaz de erradicar cualquiera de estos deslices a la más mínima tentación de incurrir en ellos…”, rezaba el programa didáctico. Sin embargo, para la exasperación del Teresi, el resultado había sido que los alumnos vivían en el error y nunca pudo pasar a la siguiente y vital etapa.

“Calabrote, cirrípedo, masterizador”, Giulia Nemo, víctima de la hoja en blanco observaba en oblicuo lo que escribía Pardo Malatesta, el meticuloso buscador de palabras. Éste al notar su curiosidad se la mató de golpe:

--¡Mira que eres calabrote y cirrípeda!-- El alumno se auto aplaudió con una carcajada --¿no crees que suenan a insulto?--Dejó caer el silencio, después continuó--Me encantaría bajar la ventanilla del coche, pero no con un botón sino como antes, despacio y con esfuerzo, con la manivela, y remarcar: ¡Mas-te-ri-za-dor!

La victima se ruborizó y no se percató de Esperanza Fernández que se preparaba a bombardearla:

--“La maga Atrapa-patrañas amaba atar palabras:

-¡Abracadabra,
mar más araña da maraña!-Cantaba

-¡Mar más cabra da macabra!-Alababa

-¡Mar más rana da…

¡¡¡marrana!!!, ¡¡¡marrana!!!

Bramaba la maga a carcajadas”

Sus compañeros se quedaron sin palabras ante esta mini historia con la vocal “a”, pero miraron con desprecio a la mexicana.

--Pinches güeyes no me entienden-- pensó Esperanza Fernández.

Mientras tanto, al otro lado del escaparate de la editorial el Teresi se sacudía la caspa porque adivinaba aquella guerra encubierta entre los alumnos. La “bodega” le recordaba al Purgatorio de Dante Alighieri. Por eso había llamado a Caterina Ravel.

--Mentula, ahora tenía que funcionar, o...

Fue entonces que la vislumbró. Caterina Ravel caminaba como subida en zancos, dándose impulso con los muslos pero plantando la punta del pie con sigilo, como un ladrón. De lejos como de cerca, ella era siempre un punto, el punto de la “i”. Delicada, frágil, enfermiza, con la cabeza grande y el cuerpo consumido. Como un tulipán, como una cerilla.

Sí, Caterina Ravel era una ladrona, ¡al Teresi le había robado el corazón (el mundo literario es un mundo de pasiones, amén)! Pero sobretodo era una usurpadora de ideas.

--Un clásico es un clásico porque ha atrapado algo de eterno. ¿Ese algo, un mito que pertenece al imaginario popular, que funciona y funcionará siempre, estáis seguros de no lo queréis? Tenéis tantos tesoros a vuestro alcance, ¿a qué esperáis? — Eso habría dicho Caterina.

El Teresi, con las manos entrelazadas sobre su barriga, movía los dedos alegremente pensando en la lectio magistralis que estaban a punto de recibir sus alumnos. Su embelesamiento se interrumpió con un brinco a la llegada de Caterina Ravel. Tras un saludo breve, y previo enésimo alisamiento de sus pelos, el Teresi abrió la puerta de la clase de escritura con calma, como quien abre al gato. Presentó a Caterina Ravel con un ladeo de su cabeza (¿se le había comido la lengua el gato?).

La mujer cerilla, esa breve rectilínea de frondosa coronilla, avanzó hasta la mesa y casi desapareció tras de ella. De su bolsa de tela sacó un pequeño tiesto con una gerbera, una Biblia, una Divina Comedia y un legajo que contenía el Gilgamesh, la historia escrita más vieja del mundo, como anunció a los ojopláticos alumnos. Salió de la mesa y encaró a los pupilos.

--Sí Teresi, tienes razón, veo jóvenes emocionados. Pero no veo pasión

El Teresi asintió ocultando el rubor de pensar en la pasión que le estaba creciendo dentro. Sin embargo, la última palabra de la mujer cerilla había recaído sobre Pardo Malatesta, el cual recambió la mirada como diciendo:

--Pues guapa, cuando quieras te enseño mi pasión.

La mujer cerilla hizo caso omiso.

--¿Sabéis cuál es la diferencia entre emoción y pasión?—

Giulia Nemo, la victima de la hoja en blanco, puso los ojos de ese mismo color. Caterina apretó la mandíbula, negó con la cabeza ligeramente como tragando bilis y continuó.

--La emoción se consume con rapidez, mientras que la pasión necesita tiempo, se tiene que cultivar. El pensamiento sale del dolor.

Esperanza Fernández contemplaba sus uñas como si jamás las hubiera visto antes.

Caterina Ravel se dio la vuelta para tomar aire y siguió.

--¿Sabíais que Homero, autor de la Odisea y la Iliada tal vez no existió jamás? Sabemos de su existencia a través de otros personajes que se refieren a él. Pero podría ser un mito, un contenedor de historias. La Iliada son 15000 versos y la Odisea 12000, y Homero era ciego. De hecho la gente creía que su memoria era más potente por éste su defecto. Dolor, tenacidad, querer transmitir, tener un mensaje, ser palabra. Eso es ser escritor.

Pardo Malatesta tenía la cabeza completamente encogida entre los hombros. Se había convertido claramente en un pájaro somnoliento, con las plumas hinchadas y cara de pocos amigos. A sus ojos, la mujer cerilla estaba pasando a mujer brasa, y su pasión, a la imperiosa emoción de salir corriendo.

--Sois escritores, así que tendréis un proyecto narrativo en la cabeza, una declaración de guerra. Querría verlo la semana que viene.

Echó una mirada de fuego a Giulia Nemo que jugaba con su móvil.

--¿Qué espero de ellos? Cada uno de vuestros escritos debería contener un secreto. Tienen que ser culpables de ese misterio, de esa denuncia que sólo vosotros podéis contar.

Esperanza Fernández cambió sus uñas por una cara de póker. Caterina Ravel se mordió visiblemente los labios.

--¿Son una bomba vuestras líneas?

No hubo respuesta. La mujer cerilla empezaba a inflamarse

--Recordad, no buscáis el éxito, sino la gloria.

Con esta frase lapidaria sólo obtuvo el silencio.

--Deberíais estar dispuestos a morir por cada uno de vuestros pergaminos. Imaginad que fueran prohibidos…vosotros deberíais aspirar a ser los hombres libro de Fahrenheit 451.

Los alumnos se miraban unos a otros como en presencia de una demente. De repente, la voz de Caterina Ravel se había levantado sobre la humilde cátedra de la editorial y parecía suspendida en el éter. Un silencio que absorbe empezó a silbar por la habitación.

--¿Estáis preparados a morir por ellos?

Aunque incuantificable, hubo más silencio.

--…-- Todavía más.

Y como persistía, la mujer cerilla se frotó la falda y una mecha serpenteó en la sala:

--BUM

lunes, 29 de junio de 2009

Muerte a los zánganos


En un chalet Levitt, es decir, en una casa que quiere prometer la paz, jovialidad y grandeza de las zonas residenciales de Estados Unidos, se ha organizado el sepelio de Gustavo Buñesh. Probablemente contagiado por la casa, el ambiente es americano de postín: niñas con lazos, pelo liso claro, vestido y rebeca, niños con pantalones cortos de vestir y camisa, mujeres rubias con caras largas como lechugas y hombres robustos como toros, inflados como sus SUVs. Estos son los invitados que se han reunido entorno a un féretro de buen nogal y brillante raso que reposa en el salón. Es verano y las ventanas abiertas hacen volar las cortinas como almas. Es lo más que se mueve en ese salón, los grupillos cotillean haciendo caso omiso al muerto. Se acerca una tormenta.

Tecla coge del brazo a Sofia y la arrastra hasta la biblioteca. No va bien vestida, lleva un jersey de punto dos tallas más grandes de lo que le correspondería y un pantalón de lino muy arrugado. Probablemente su pelo no ha visto el peine hoy. Tecla es la ex suegra del muerto:

--Ven Sofia…con alguien me tengo que desahogar, bueno no es desahogar, es celebrarlo…¡por fin ha muerto! Ahora yo también puedo morir en paz…—

Sofia asiente sonriendo e indica silencio con el dedo. Tecla la jala del brazo con más fuerza y la lleva hacia la ventana de la habitación. Continúa diciendo:

--Creí que no se iba a suicidar jamás, aahh, siempre lo decía, me voy a suicidar, me voy a suicidar y no era más que para tener excusa para gastarse lo que no tenía… en drogas y psicoanalistas caros, porque, claro, a los psicólogos de la seguridad social el señorito no quería ir…me voy a suicidar, me voy a suicidar y yo lo que temía es que le hiciera algo a Monica y a los niños, porque ya sabes lo violento que era.—Tecla ríe y se pone el dedo en la boca pidiéndose a sí misma silencio, ríe y recoge las cortinas para cerrar la ventana. Se peina con sus artríticas manos y mira por la ventana mientras vuelve a arrancar:

--Ayer le decía a mi hija, pero sí no has perdido un marido, ni nada, ¡has perdido un hijo tonto! – tímidos rayos serpentean en el cielo. Tecla sacude su cabeza y mira fijamente a Sofia-- Gustavo no era más que un estúpido caprichoso, un hombre que no ha trabajado ni 6 meses seguidos, que no trae dinero a casa y ¡un violento de mierda, encima!—Tecla ríe— ¡es que hasta muerto me hace hablar mal! Bueno que qué te voy a contar a ti, si ya lo sabes…¿lo de mi hermana? que casi le rompe una silla encima a la pobre…¡Si no era ni hombre! No lo digo por pegar a una mujer… esto también te lo he contado, ¿no? ¿Lo de que en la noche de bodas se tuvo que tomar una viagra? porque si no, no podía, un chico de menos de 40 años que necesita viagra, ¿lo entiendes? Pa’ mi que es gay, bueno, era…--Un relámpago ilumina la cara de Tecla y la lluvia empieza a golpear la ventana de la biblioteca como si tuviera uñas. Tecla mira de reojo la lluvia y continua con su desfogo-- ¿esto también te lo he contado? Pues que como es tonto y no sabe mentir, pues se le escapó que a su jefe no le gustaba su tatuaje de la espalda, y claro, yo le pregunté que cómo había hecho para enseñarle un tatuaje en la espalda a su jefe…¡pues me respondió que en un viaje de negocios compartieron cama! Pero, ¿en que empresa se ha visto eso? – Un trueno anima a la lluvia que ahora cae en copiosos derrames sobre la ventana-- Los niños, mira lo que te digo, los ha hecho para atar a mi hija, a ver quien es sino la estúpida que carga con ese zángano…si un hombre no trae dinero a casa, ¿de qué te sirve? Es un zángano, eso es lo que es.

Un relámpago veloz seguido de un nuevo zambombazo corta el torrente de la anciana. Sofía dice:

--Te entiendo Tecla pero los niños, es doloroso para ellos…Alejo creo que no se da todavía cuenta de nada pero Sara ya sí tiene edad. La he visto enfadada...

--Y, ¿cómo no lo va a estar? Sara es una niña muy inteligente, y a su padre no lo ha visto más que siempre durmiendo, porque el señorito de noche ve la tele, ¿insomnio? Pereza, y durante el día está o con sus drogas o sus medicinas o lo que sea, y duerme, entonces ya no tiene insomnio… ¡Un zángano, eso es lo que es! No llevó jamás a Sara al cole cuando era pequeña, lo mismo ahora con Alejo, aunque él no trabaje... Sara, ya lo creo que está enfadada, porque se da cuenta que este entierro es una farsa, un teatro de gente con caras largas y abrazos falsos. ¡Aunque a mi nadie me ha venido a abrazar!—Tecla vuelve a reír encorvada con su dedo en la boca. Sigue balbuceando—Un zángano que no sirve ni de semental, que necesita de una pastilla para que se le levante, y eso que es enano— ríe y se muerde los labios-- que llena de colillas las tazas del desayuno...escúchame lo que te digo, Sofia, si quieres un hijo, te das un buen revolcón con un buen mozo, alto y eso, buen mozo, y te quedas tú con el hijo, porque si un hombre no trae dinero a casa, ¿de qué te sirve?...

De repente, el rostro de Tecla cambia, sus ojos saltan y su boca se cierra rabiosa. Sus manos tiemblan:

--¿Qué te pasa? –Ahora es Sofía a jalar de Tecla--¿Has visto un fantasma?

Tecla sigue petrificada. Sofía sigue la mirada de Tecla. Entonces lo ve, un niño de unos nueves años ha aparecido al lado del árbol más grande del jardín. La lluvia corre sobre su chubasquero amarillo. El niño, como Tecla, parecería una estatua sino fuera por la determinación que enciende sus ojos.

-- Ese niño, maldita sea, de nuevo, no, no se va a acercar a mi nieta. Ese cerdo…

Sofia tira de Tecla y la mira a los ojos. La anciana tiene los pelos encrespados, los ojos puntiagudos, es decir, los parpados superiores tan alzados que parecen que van a dejar los ojos salir rodando:

--¿De qué estas hablando, Tecla?, ¡dime algo!

--Ese cerdo de niño, que aterroriza a sus compañeros del cole, diciéndoles que algún familiar de ellos ha muerto, o diciéndoles que sus padres los han abandonado en el cole por feos… si hay algún tullido, les dice que mas les valiera estar muertos que tullidos, que son un lastre para sus padres, ¿te das cuenta qué tipo de niño…? Un cabróncete, ya a su edad, un zángano…se llama Emilio.

Emilio ha traído un títere de madera con él. Lo está sentando bajo un árbol. Se asegura de que el muñeco esté cómodo, lo acaricia como si pudiera repararlo de la lluvia con sus manos. Arranca flores del jardín y las coloca en el regazo del muñeco. Tecla hace un gesto con la boca de asco y se vuelve de golpe hacia Sofia-- No, no me mires así, que me he informado, que tiene un largo expediente en el colegio. No se relaciona con nadie, salvo con mi nieta, ¿pero, por qué con mi nieta?, ¿qué he hecho yo mal, dios mío? El otro día venían de la mano…Es que lo veo, Sofia, lo veo, que la historia se quiere repetir, otro zángano, esta vez para mi nieta…no, no lo voy a permitir.

Tecla sale de la biblioteca como alma que lleva el diablo y se topa en el pasillo con su hija Mónica.

--¿Lo has visto? Ya esta de nuevo ahí, es como un perro, que no se va ni con agua caliente. Lo voy a calentar a palos, a palos lo voy a calentar como se acerque a mi nieta.

--Mamá cálmate, no es más que un niño. Y va a coger una pulmonía como siga ahí como un pasmadote…

--Ni se te ocurra hacerlo pasar. No lo viste que el otro día venía de la mano de tu hija. Lo siguiente, es que no quiero ni pensarlo. Sara ya tiene 10 años, yo te aviso. Déjame salir que le doy un escarmiento.

--Pero, mamá, qué escarmiento. Voy a hablar con él.


***
Han pasado tres semanas desde el entierro de Gustavo Buñesh aunque más bien parece que haya pasado la peste. Un tímido viento vespertino se arremolina por las vacías terrazas de los bares de la avenida de Europa remarcando la quietud onírica que se ha adueñado de las calles del barrio. Ajenas a este letargo, Mónica y Sofía se están tomando un café con hielo:

--Menos mal que conseguimos vernos antes de las vacaciones. No me habría ido tranquila sin verte…¿de veras no te quieres venir a Marbella? Las vacaciones son el peor momento después de una pérdida como la tuya, demasiado tiempo para recordar…--Sofía dio un sorbo a su café.

--Sofía, siempre has sido mi hermanita, como una hermana…no te preocupes, prefiero hacer vida normal, y si he de enfrentar a mis recuerdos, que sea cuanto antes. No es malo llorar.

--¡No me digas eso, que la que no se va entonces soy yo! Yo no te dejo aquí sola para que cometas una tontería, ¿eh? ¿Cómo está Sara?

--¿Mi hija? No habla mucho, y la verdad yo no sé que decirla…además está ya entrando en una edad difícil, demasiados cambios…pero de momento no he visto ningún comportamiento que me preocupe, creo que su querer estar sola sea normal, dadas las circunstancias…¿sabes? No nos dio tiempo de despedirnos de Gustavo, una muerte así, es duro, es incomprensible. Ojala encontrase palabras para hablar con mi hija.

--¿Y tu madre, más tranquila?

--Si, si, ya sabes que Gustavo y ella no se llevaban bien—Mónica se escuda en su café para no dar más explicaciones, pero Sofía continúa:

--Es que la vi muy nerviosa en el funeral, sobretodo con el muchacho ese del cole de Sara.

--¡Ah, lo dices por esa tontería! ¡Mi madre la Juana de Arco contra los zánganos!—Mónica ríe—¿Por que no me acompañas a casa, aunque sea un momentito, y así ves a las dos?

Las mujeres cogen sus coches y surcan unas calles que ondean de calor. Pero no es el calor los que sofoca a esos coches nada más abandonar la última curva que desvela el chalet Levitt de Mónica. Dos portazos dan el ya a las mujeres que corriendo miran con pavor una ambulancia y un coche de policía municipal que abandonan la casa.

--Mama, ¿qué ha pasado?—grita Mónica abriendo la puerta.

Hay sangre en la pared de la escalera que lleva al piso de arriba. La anciana se acerca las mujeres:

--Hija, ya ha pasado todo. La sangre es de ese cerdo, te dije que era un cerdo…

--¿Dónde está Sara?

--En su habitación.

Mónica corre escaleras arriba hacia la habitación de la hija. Antes de que Sofia pueda seguirla, Tecla la agarra y la fuerza a quedarse con ella.

--Se lo dije que pasaría—dice la anciana con una boca asqueada.—Si no es por mi, ese cerdo viola a Sara. He llegado que estaba ahí, babeándola sobre la cama, todo el cuello, el pecho y sus…me asquea pensarlo, pero lo he visto, hasta los pezones, porque Sara todavía no tiene pecho sino unos pezones hinchados, en flor, sus pezones llenos de saliva, ¿entiendes? él que la chupaba, con la cola fuera, la lamía ¡como un perro! Si se lo tenía dicho a mi hija que es un cerdo, ¡es como un perro! Siempre en celo, babeando...así que no me arrepiento de lo que he hecho…

--¿Qué le has hecho?—balbuceó Sofía

--Nada. Pegarle, pegarle con todas mis fuerzas, pegarle hasta que le he hecho sangrar como un cerdo...gritaba como un cerdo, se encogía como un perro, guarro como un cerdo y cobarde como un perro…

--¿Y la policía, por qué ha venido? Pero, ¿donde está el niño, que le has hecho?

--La vecina ha llamado a la policía al oír los gritos, y no te preocupes por ese cerdo que esta divinamente, ¡no te veo tan preocupada por Sara! Ese cerdo sólo ha obtenido lo que se merecía. Lo que le va a pasar es lo que viene ahora, porque no pararé hasta que le encierren en un correccional. ¡Ese niño es un violador! ¡Un violador con una cola de perro! ¡Qué asco!

Mientras tanto en el piso de arriba se escucha cómo Mónica aporrea la puerta de Sara y como un eco que dice “Déjame en paz”, “Qué me dejes en paz”, “Vete”. El eco invierte el orden, lo reitera saltando de frase en frase en distintas combinaciones, vuelve al orden inicial. Por fin el eco asoma la cabeza:

--¿Dónde esta Emilio? No saldré de mi habitación hasta que le vea y sepa que está bien.

--Pero hija si ese cerdo, ese cerdo ha intentado…¿qué te ha hecho?

--Te digo yo lo que ha intentado, ¡violarla!, pero tu hija es tan tonta que le defiende—grita Tecla subiendo por las escaleras.

--Hija, ya ha pasado todo, no te avergüences y sal de tu habitación.

--¡He sido yo quien lo quería, él ha hecho lo que yo quería! Que lo sepas mamá—Ahora es Sara quien grita.

--Hija, no lo digas ni en broma, tú no has sido educada en esas bajezas, esas guarrerías. No sabes lo que dices.

--Se lo que digo y he sido yo y a la abuela no la quiero ni ver. ¡Que se vaya, dile que se vaya!

Mónica aparta a la abuela y hace un gesto de que se aleje.

--Hija, retira lo que estas diciendo. Todo. Retíralo y haremos como que no ha pasado nada.

--Vosotras habéis pegado a Emilio, eso es maltrato, es un delito, o ¿no decíais eso de papa?. Para papa era un delito, para la abuela es un acto heroico. Si le pasa algo a Emilio os acordareis, no me voy a callar, ya habéis matado a papa, no os dejaré que hagáis lo mismo con Emilio.

Mónica le da un tortazo a Sara. Cuando la cara vuelve al frente, le da otro, y le daría otro si la cara de Sara se volviese hacia ella de nuevo. El silencio cae como una sombra. Mónica empuja a su hija dentro de la habitación y la encierra.

--No saldrás hasta que retires lo que has dicho. ¡Desvergonzada!

El lunes siguiente amanece nublado. Las mismas nubes acompañan a Emilio al Colegio-Hogar Sagrado Corazón de Jesús y a Sara a un internado de la Sierra de Madrid. Ellos van serenos en este desfile. Las nubes son un buen cobijo, un manto blanco, una alfombra blanca que desvelará un cielo azul. Este es el pensamiento que acompaña a los niños.

Esta novela de carácter psicológico se lee con la avidez de un libro de detectives. Ya en la tercera página encontramos el misterio que nos perseguirá durante toda su lectura: Burt Rembrandt, de ocho años, es encerrado en un Centro de neuropsiquiatría infantil por lo que ha hecho a su amiga Jessica.

Burt no sabe o no quiere saber, por qué está encerrado en este centro que parece más bien una prisión. Por ello, junto con él, navegaremos entre sus recuerdos del año precedente al evento fatídico y entre sus tumultuosos días en el centro. Leeremos sus inquietudes en las paredes de la habitación de castigo, llamada “de descanso” (“Cuando tenía 5 años me maté”, “¿Por qué el cretino arroja un reloj por la ventana?”), veremos su relación con los otros chicos del centro (¿Jugamos a que este huevo frito es tu ojo? Roberto dijo que sí y yo lo pinché con el cuchillo. La yema invadió todo el plato…) y espiaremos los informes del doctor Nevele, psiquiatra severo que nos hará dudar de su objetividad clínica (“Asumiendo un rol de héroe, Burt crea un malvado ajeno a él, al que transfiere su culpa, absolviéndose a sí mismo...” “El niño tiene una perturbación muy seria, por lo que deberá ser retenido aquí por mucho tiempo…”).

En esta travesía, también nosotros oscilaremos entre una defensa a ultranza de un niño con el que nostálgicamente podríamos sentirnos identificados, y un temor y una ira creciente hacia alguien que podría ser en futuro un psicópata. El resultado de este viaje es una lectura vertiginosa, que provoca tanto mariposas en el estomago ante ciertas reacciones de Burt, como despierta un angustia enrarecida cuando el doctor Nevele se ensaña con Burt.

Y es que, además, durante todo el libro, Burt espera que Jessica le escriba, que no se haya olvidado de él. Esta aparente contradicción o locura de Burt también se desvelará al final, junto con lo acontecido a Jessica. De hecho, el desenlace del libro es, a la vez, una sorpresa y un final anunciado, pero tiene un efecto demoledor sobre el mensaje del libro: ¿puede el mundo adulto, desde su hipocresía, subyugar al mundo infantil y ganarle así en crueldad?, ¿somos victimas o verdugos? Howard Buten nos demostrará que, a veces, hay una distancia mínima entre ambas condiciones.

El libro, narrado por Burt, habla un lenguaje directo, de frases cortas y juicio rápido, pueril y muy gráfico, en el que la fantasía, y los juegos típicos de un niño de esa edad se mezclan con los miedos y con la desinhibida crueldad de quien todavía no ha sentido el peso de la sociedad. Con un lenguaje divertido, que te descoloca con su visión del mundo, Howard Buten nos introducirá en el mundo de la violencia infantil, un mundo, por desgracia, de creciente actualidad.

“Burt, cuando tenía 5 años me maté” es como su protagonista, un libro de contrastes. Publicado en Estados Unidos en 1981, pasó desapercibido en su país natal. Sin embargo, en su país de adopción, Francia, ha vendido más de un millón de copias e incluso ha sido adaptado como obra teatral.

Howard Buten, nacido en 1950 en Detroit vive desde 1982 entre esta ciudad y Paris. Su vida transcurre entre tres actividades: psicólogo director del centro Adam Shelton, donde ayuda a niños autistas, Buffo, un payaso de fama internacional y la escritura. Es autor de siete libros, entre ellos también Mister Butterfly y Le Cœur sous le rouleau compresseur. En 1991, Howard Buten ha sido nombrado Chevalier des Arts et Lettres.