Cabriola: un blog literario donde cabrás tú. Hace tiempo, alguien me dijo que no es tan importante leer más, sino leer mejor. De esta idea nace este blog, que querría invitar a leer libros clásicos o menos conocidos, entrando dentro de ellos, con lápiz y papel, subrayando, haciendo una lectura actual, dando de nuevo vida a sus personajes, o a su mundo, leyendo y releyendo. Si os animáis, ¡escribidme!

lunes, 29 de junio de 2009

Muerte a los zánganos


En un chalet Levitt, es decir, en una casa que quiere prometer la paz, jovialidad y grandeza de las zonas residenciales de Estados Unidos, se ha organizado el sepelio de Gustavo Buñesh. Probablemente contagiado por la casa, el ambiente es americano de postín: niñas con lazos, pelo liso claro, vestido y rebeca, niños con pantalones cortos de vestir y camisa, mujeres rubias con caras largas como lechugas y hombres robustos como toros, inflados como sus SUVs. Estos son los invitados que se han reunido entorno a un féretro de buen nogal y brillante raso que reposa en el salón. Es verano y las ventanas abiertas hacen volar las cortinas como almas. Es lo más que se mueve en ese salón, los grupillos cotillean haciendo caso omiso al muerto. Se acerca una tormenta.

Tecla coge del brazo a Sofia y la arrastra hasta la biblioteca. No va bien vestida, lleva un jersey de punto dos tallas más grandes de lo que le correspondería y un pantalón de lino muy arrugado. Probablemente su pelo no ha visto el peine hoy. Tecla es la ex suegra del muerto:

--Ven Sofia…con alguien me tengo que desahogar, bueno no es desahogar, es celebrarlo…¡por fin ha muerto! Ahora yo también puedo morir en paz…—

Sofia asiente sonriendo e indica silencio con el dedo. Tecla la jala del brazo con más fuerza y la lleva hacia la ventana de la habitación. Continúa diciendo:

--Creí que no se iba a suicidar jamás, aahh, siempre lo decía, me voy a suicidar, me voy a suicidar y no era más que para tener excusa para gastarse lo que no tenía… en drogas y psicoanalistas caros, porque, claro, a los psicólogos de la seguridad social el señorito no quería ir…me voy a suicidar, me voy a suicidar y yo lo que temía es que le hiciera algo a Monica y a los niños, porque ya sabes lo violento que era.—Tecla ríe y se pone el dedo en la boca pidiéndose a sí misma silencio, ríe y recoge las cortinas para cerrar la ventana. Se peina con sus artríticas manos y mira por la ventana mientras vuelve a arrancar:

--Ayer le decía a mi hija, pero sí no has perdido un marido, ni nada, ¡has perdido un hijo tonto! – tímidos rayos serpentean en el cielo. Tecla sacude su cabeza y mira fijamente a Sofia-- Gustavo no era más que un estúpido caprichoso, un hombre que no ha trabajado ni 6 meses seguidos, que no trae dinero a casa y ¡un violento de mierda, encima!—Tecla ríe— ¡es que hasta muerto me hace hablar mal! Bueno que qué te voy a contar a ti, si ya lo sabes…¿lo de mi hermana? que casi le rompe una silla encima a la pobre…¡Si no era ni hombre! No lo digo por pegar a una mujer… esto también te lo he contado, ¿no? ¿Lo de que en la noche de bodas se tuvo que tomar una viagra? porque si no, no podía, un chico de menos de 40 años que necesita viagra, ¿lo entiendes? Pa’ mi que es gay, bueno, era…--Un relámpago ilumina la cara de Tecla y la lluvia empieza a golpear la ventana de la biblioteca como si tuviera uñas. Tecla mira de reojo la lluvia y continua con su desfogo-- ¿esto también te lo he contado? Pues que como es tonto y no sabe mentir, pues se le escapó que a su jefe no le gustaba su tatuaje de la espalda, y claro, yo le pregunté que cómo había hecho para enseñarle un tatuaje en la espalda a su jefe…¡pues me respondió que en un viaje de negocios compartieron cama! Pero, ¿en que empresa se ha visto eso? – Un trueno anima a la lluvia que ahora cae en copiosos derrames sobre la ventana-- Los niños, mira lo que te digo, los ha hecho para atar a mi hija, a ver quien es sino la estúpida que carga con ese zángano…si un hombre no trae dinero a casa, ¿de qué te sirve? Es un zángano, eso es lo que es.

Un relámpago veloz seguido de un nuevo zambombazo corta el torrente de la anciana. Sofía dice:

--Te entiendo Tecla pero los niños, es doloroso para ellos…Alejo creo que no se da todavía cuenta de nada pero Sara ya sí tiene edad. La he visto enfadada...

--Y, ¿cómo no lo va a estar? Sara es una niña muy inteligente, y a su padre no lo ha visto más que siempre durmiendo, porque el señorito de noche ve la tele, ¿insomnio? Pereza, y durante el día está o con sus drogas o sus medicinas o lo que sea, y duerme, entonces ya no tiene insomnio… ¡Un zángano, eso es lo que es! No llevó jamás a Sara al cole cuando era pequeña, lo mismo ahora con Alejo, aunque él no trabaje... Sara, ya lo creo que está enfadada, porque se da cuenta que este entierro es una farsa, un teatro de gente con caras largas y abrazos falsos. ¡Aunque a mi nadie me ha venido a abrazar!—Tecla vuelve a reír encorvada con su dedo en la boca. Sigue balbuceando—Un zángano que no sirve ni de semental, que necesita de una pastilla para que se le levante, y eso que es enano— ríe y se muerde los labios-- que llena de colillas las tazas del desayuno...escúchame lo que te digo, Sofia, si quieres un hijo, te das un buen revolcón con un buen mozo, alto y eso, buen mozo, y te quedas tú con el hijo, porque si un hombre no trae dinero a casa, ¿de qué te sirve?...

De repente, el rostro de Tecla cambia, sus ojos saltan y su boca se cierra rabiosa. Sus manos tiemblan:

--¿Qué te pasa? –Ahora es Sofía a jalar de Tecla--¿Has visto un fantasma?

Tecla sigue petrificada. Sofía sigue la mirada de Tecla. Entonces lo ve, un niño de unos nueves años ha aparecido al lado del árbol más grande del jardín. La lluvia corre sobre su chubasquero amarillo. El niño, como Tecla, parecería una estatua sino fuera por la determinación que enciende sus ojos.

-- Ese niño, maldita sea, de nuevo, no, no se va a acercar a mi nieta. Ese cerdo…

Sofia tira de Tecla y la mira a los ojos. La anciana tiene los pelos encrespados, los ojos puntiagudos, es decir, los parpados superiores tan alzados que parecen que van a dejar los ojos salir rodando:

--¿De qué estas hablando, Tecla?, ¡dime algo!

--Ese cerdo de niño, que aterroriza a sus compañeros del cole, diciéndoles que algún familiar de ellos ha muerto, o diciéndoles que sus padres los han abandonado en el cole por feos… si hay algún tullido, les dice que mas les valiera estar muertos que tullidos, que son un lastre para sus padres, ¿te das cuenta qué tipo de niño…? Un cabróncete, ya a su edad, un zángano…se llama Emilio.

Emilio ha traído un títere de madera con él. Lo está sentando bajo un árbol. Se asegura de que el muñeco esté cómodo, lo acaricia como si pudiera repararlo de la lluvia con sus manos. Arranca flores del jardín y las coloca en el regazo del muñeco. Tecla hace un gesto con la boca de asco y se vuelve de golpe hacia Sofia-- No, no me mires así, que me he informado, que tiene un largo expediente en el colegio. No se relaciona con nadie, salvo con mi nieta, ¿pero, por qué con mi nieta?, ¿qué he hecho yo mal, dios mío? El otro día venían de la mano…Es que lo veo, Sofia, lo veo, que la historia se quiere repetir, otro zángano, esta vez para mi nieta…no, no lo voy a permitir.

Tecla sale de la biblioteca como alma que lleva el diablo y se topa en el pasillo con su hija Mónica.

--¿Lo has visto? Ya esta de nuevo ahí, es como un perro, que no se va ni con agua caliente. Lo voy a calentar a palos, a palos lo voy a calentar como se acerque a mi nieta.

--Mamá cálmate, no es más que un niño. Y va a coger una pulmonía como siga ahí como un pasmadote…

--Ni se te ocurra hacerlo pasar. No lo viste que el otro día venía de la mano de tu hija. Lo siguiente, es que no quiero ni pensarlo. Sara ya tiene 10 años, yo te aviso. Déjame salir que le doy un escarmiento.

--Pero, mamá, qué escarmiento. Voy a hablar con él.


***
Han pasado tres semanas desde el entierro de Gustavo Buñesh aunque más bien parece que haya pasado la peste. Un tímido viento vespertino se arremolina por las vacías terrazas de los bares de la avenida de Europa remarcando la quietud onírica que se ha adueñado de las calles del barrio. Ajenas a este letargo, Mónica y Sofía se están tomando un café con hielo:

--Menos mal que conseguimos vernos antes de las vacaciones. No me habría ido tranquila sin verte…¿de veras no te quieres venir a Marbella? Las vacaciones son el peor momento después de una pérdida como la tuya, demasiado tiempo para recordar…--Sofía dio un sorbo a su café.

--Sofía, siempre has sido mi hermanita, como una hermana…no te preocupes, prefiero hacer vida normal, y si he de enfrentar a mis recuerdos, que sea cuanto antes. No es malo llorar.

--¡No me digas eso, que la que no se va entonces soy yo! Yo no te dejo aquí sola para que cometas una tontería, ¿eh? ¿Cómo está Sara?

--¿Mi hija? No habla mucho, y la verdad yo no sé que decirla…además está ya entrando en una edad difícil, demasiados cambios…pero de momento no he visto ningún comportamiento que me preocupe, creo que su querer estar sola sea normal, dadas las circunstancias…¿sabes? No nos dio tiempo de despedirnos de Gustavo, una muerte así, es duro, es incomprensible. Ojala encontrase palabras para hablar con mi hija.

--¿Y tu madre, más tranquila?

--Si, si, ya sabes que Gustavo y ella no se llevaban bien—Mónica se escuda en su café para no dar más explicaciones, pero Sofía continúa:

--Es que la vi muy nerviosa en el funeral, sobretodo con el muchacho ese del cole de Sara.

--¡Ah, lo dices por esa tontería! ¡Mi madre la Juana de Arco contra los zánganos!—Mónica ríe—¿Por que no me acompañas a casa, aunque sea un momentito, y así ves a las dos?

Las mujeres cogen sus coches y surcan unas calles que ondean de calor. Pero no es el calor los que sofoca a esos coches nada más abandonar la última curva que desvela el chalet Levitt de Mónica. Dos portazos dan el ya a las mujeres que corriendo miran con pavor una ambulancia y un coche de policía municipal que abandonan la casa.

--Mama, ¿qué ha pasado?—grita Mónica abriendo la puerta.

Hay sangre en la pared de la escalera que lleva al piso de arriba. La anciana se acerca las mujeres:

--Hija, ya ha pasado todo. La sangre es de ese cerdo, te dije que era un cerdo…

--¿Dónde está Sara?

--En su habitación.

Mónica corre escaleras arriba hacia la habitación de la hija. Antes de que Sofia pueda seguirla, Tecla la agarra y la fuerza a quedarse con ella.

--Se lo dije que pasaría—dice la anciana con una boca asqueada.—Si no es por mi, ese cerdo viola a Sara. He llegado que estaba ahí, babeándola sobre la cama, todo el cuello, el pecho y sus…me asquea pensarlo, pero lo he visto, hasta los pezones, porque Sara todavía no tiene pecho sino unos pezones hinchados, en flor, sus pezones llenos de saliva, ¿entiendes? él que la chupaba, con la cola fuera, la lamía ¡como un perro! Si se lo tenía dicho a mi hija que es un cerdo, ¡es como un perro! Siempre en celo, babeando...así que no me arrepiento de lo que he hecho…

--¿Qué le has hecho?—balbuceó Sofía

--Nada. Pegarle, pegarle con todas mis fuerzas, pegarle hasta que le he hecho sangrar como un cerdo...gritaba como un cerdo, se encogía como un perro, guarro como un cerdo y cobarde como un perro…

--¿Y la policía, por qué ha venido? Pero, ¿donde está el niño, que le has hecho?

--La vecina ha llamado a la policía al oír los gritos, y no te preocupes por ese cerdo que esta divinamente, ¡no te veo tan preocupada por Sara! Ese cerdo sólo ha obtenido lo que se merecía. Lo que le va a pasar es lo que viene ahora, porque no pararé hasta que le encierren en un correccional. ¡Ese niño es un violador! ¡Un violador con una cola de perro! ¡Qué asco!

Mientras tanto en el piso de arriba se escucha cómo Mónica aporrea la puerta de Sara y como un eco que dice “Déjame en paz”, “Qué me dejes en paz”, “Vete”. El eco invierte el orden, lo reitera saltando de frase en frase en distintas combinaciones, vuelve al orden inicial. Por fin el eco asoma la cabeza:

--¿Dónde esta Emilio? No saldré de mi habitación hasta que le vea y sepa que está bien.

--Pero hija si ese cerdo, ese cerdo ha intentado…¿qué te ha hecho?

--Te digo yo lo que ha intentado, ¡violarla!, pero tu hija es tan tonta que le defiende—grita Tecla subiendo por las escaleras.

--Hija, ya ha pasado todo, no te avergüences y sal de tu habitación.

--¡He sido yo quien lo quería, él ha hecho lo que yo quería! Que lo sepas mamá—Ahora es Sara quien grita.

--Hija, no lo digas ni en broma, tú no has sido educada en esas bajezas, esas guarrerías. No sabes lo que dices.

--Se lo que digo y he sido yo y a la abuela no la quiero ni ver. ¡Que se vaya, dile que se vaya!

Mónica aparta a la abuela y hace un gesto de que se aleje.

--Hija, retira lo que estas diciendo. Todo. Retíralo y haremos como que no ha pasado nada.

--Vosotras habéis pegado a Emilio, eso es maltrato, es un delito, o ¿no decíais eso de papa?. Para papa era un delito, para la abuela es un acto heroico. Si le pasa algo a Emilio os acordareis, no me voy a callar, ya habéis matado a papa, no os dejaré que hagáis lo mismo con Emilio.

Mónica le da un tortazo a Sara. Cuando la cara vuelve al frente, le da otro, y le daría otro si la cara de Sara se volviese hacia ella de nuevo. El silencio cae como una sombra. Mónica empuja a su hija dentro de la habitación y la encierra.

--No saldrás hasta que retires lo que has dicho. ¡Desvergonzada!

El lunes siguiente amanece nublado. Las mismas nubes acompañan a Emilio al Colegio-Hogar Sagrado Corazón de Jesús y a Sara a un internado de la Sierra de Madrid. Ellos van serenos en este desfile. Las nubes son un buen cobijo, un manto blanco, una alfombra blanca que desvelará un cielo azul. Este es el pensamiento que acompaña a los niños.

Esta novela de carácter psicológico se lee con la avidez de un libro de detectives. Ya en la tercera página encontramos el misterio que nos perseguirá durante toda su lectura: Burt Rembrandt, de ocho años, es encerrado en un Centro de neuropsiquiatría infantil por lo que ha hecho a su amiga Jessica.

Burt no sabe o no quiere saber, por qué está encerrado en este centro que parece más bien una prisión. Por ello, junto con él, navegaremos entre sus recuerdos del año precedente al evento fatídico y entre sus tumultuosos días en el centro. Leeremos sus inquietudes en las paredes de la habitación de castigo, llamada “de descanso” (“Cuando tenía 5 años me maté”, “¿Por qué el cretino arroja un reloj por la ventana?”), veremos su relación con los otros chicos del centro (¿Jugamos a que este huevo frito es tu ojo? Roberto dijo que sí y yo lo pinché con el cuchillo. La yema invadió todo el plato…) y espiaremos los informes del doctor Nevele, psiquiatra severo que nos hará dudar de su objetividad clínica (“Asumiendo un rol de héroe, Burt crea un malvado ajeno a él, al que transfiere su culpa, absolviéndose a sí mismo...” “El niño tiene una perturbación muy seria, por lo que deberá ser retenido aquí por mucho tiempo…”).

En esta travesía, también nosotros oscilaremos entre una defensa a ultranza de un niño con el que nostálgicamente podríamos sentirnos identificados, y un temor y una ira creciente hacia alguien que podría ser en futuro un psicópata. El resultado de este viaje es una lectura vertiginosa, que provoca tanto mariposas en el estomago ante ciertas reacciones de Burt, como despierta un angustia enrarecida cuando el doctor Nevele se ensaña con Burt.

Y es que, además, durante todo el libro, Burt espera que Jessica le escriba, que no se haya olvidado de él. Esta aparente contradicción o locura de Burt también se desvelará al final, junto con lo acontecido a Jessica. De hecho, el desenlace del libro es, a la vez, una sorpresa y un final anunciado, pero tiene un efecto demoledor sobre el mensaje del libro: ¿puede el mundo adulto, desde su hipocresía, subyugar al mundo infantil y ganarle así en crueldad?, ¿somos victimas o verdugos? Howard Buten nos demostrará que, a veces, hay una distancia mínima entre ambas condiciones.

El libro, narrado por Burt, habla un lenguaje directo, de frases cortas y juicio rápido, pueril y muy gráfico, en el que la fantasía, y los juegos típicos de un niño de esa edad se mezclan con los miedos y con la desinhibida crueldad de quien todavía no ha sentido el peso de la sociedad. Con un lenguaje divertido, que te descoloca con su visión del mundo, Howard Buten nos introducirá en el mundo de la violencia infantil, un mundo, por desgracia, de creciente actualidad.

“Burt, cuando tenía 5 años me maté” es como su protagonista, un libro de contrastes. Publicado en Estados Unidos en 1981, pasó desapercibido en su país natal. Sin embargo, en su país de adopción, Francia, ha vendido más de un millón de copias e incluso ha sido adaptado como obra teatral.

Howard Buten, nacido en 1950 en Detroit vive desde 1982 entre esta ciudad y Paris. Su vida transcurre entre tres actividades: psicólogo director del centro Adam Shelton, donde ayuda a niños autistas, Buffo, un payaso de fama internacional y la escritura. Es autor de siete libros, entre ellos también Mister Butterfly y Le Cœur sous le rouleau compresseur. En 1991, Howard Buten ha sido nombrado Chevalier des Arts et Lettres.