Cabriola: un blog literario donde cabrás tú. Hace tiempo, alguien me dijo que no es tan importante leer más, sino leer mejor. De esta idea nace este blog, que querría invitar a leer libros clásicos o menos conocidos, entrando dentro de ellos, con lápiz y papel, subrayando, haciendo una lectura actual, dando de nuevo vida a sus personajes, o a su mundo, leyendo y releyendo. Si os animáis, ¡escribidme!

domingo, 23 de noviembre de 2014

Yan Lianke, gracias por el dolor


El sueño de la aldea Ding es una pesadilla arrolladora que tiene la belleza y el ritmo del otoño, estación con la que nos recibe este hermoso y terrible libro del escritor chino Yan Lianke, Premio Franz Kafka 2014.

Un libro muy lírico que no es lento sino inexorable en desembocar en el invierno blanco, el color del luto en China. En sus primeras hojas ya nos dice que "la aldea Ding desaparecería del mundo. Los vecinos, como las hojas, se ajarían primero y amarillearían, para caer después de los árboles con un susurro de sonajero. Y una ráfaga de viento se llevaría las hojas, como la aldea, a ninguna parte"
La historia narra el destino de los aldeanos de Ding tras que la mayor parte de éstos, a principios de la década de los noventa del siglo pasado  - como los habitantes de tantas otras aldeas de la provincia natal de Yan Lianke, Henan - participaran en el negocio de compraventa de sangre liberalizado entonces en China e impulsado por las autoridades locales. Un negocio llevado a cabo sin escrúpulos y que propagó el SIDA como una lluvia torrencial sobre tierra seca. Los enfermos, que apenas habían prosperado, ahora se veían abandonados, marginados en sus propias aldeas, esperando la muerte,  viviendo cada día como un día ganado.

Una obra muy dolorosa y más aún porque muestra una humanidad ruin que cuenta con los que se han enriquecido a costa de otros y con los mismos enfermos también. De hecho en el discurso del Premio Kafka, Yan Lianke dijo "Veo corrupción, disparate, malestar y caos", "el respeto por la humanidad se está desintegrando".  En el epílogo del libro habla de esta novela como de un "legajo de dolor y desengaño" y pide disculpas por causar un hondo dolor en este mundo que rebosa alegría.

Sin embargo, su manera de narrar es tan hermosa que yo le doy enormemente las gracias. No busca lo sensacionalista, sino que consigue dibujar un infierno que parece natural, por el que paseas sin detenerte. En China es muy importante el ritmo, la cadencia en la escritura, lo cual es lógico pues los grandes clásicos chinos son obras poéticas. Además de este lirismo, Lianke ha elegido como narrador a un niño muerto lo que otorga al libro dulzura y fantasía, sin caer en lo irreal o fantástico. Esta voz narradora tan particular agiliza el texto y lo hace trascender, tomar connotaciones épicas, que a su vez convierte al Sueño de la aldea Ding en un libro peligroso para la censura china pues tiende puentes a otras culturas, por su universalidad.

A mí personalmente me recuerda por una parte al realismo mágico latinoamericano, a Juan Rulfo y su Pedro Páramo por la carga onírica de la novela de Lianke, y por otra, a Yashar Kemal y su Teneke por su profundidad sociopolítica, aunque Yan reconoce que de entre los escritores occidentales sería Kafka uno de los que más le han influido. Todo esto inmerso en pinceladas Taoistas y Confucianistas, la naturaleza que teje la historia de la aldea y las jerarquías, las ceremonias que piden ser respetadas. Así nos enfrenta a un padre y a su hijo, antagonistas que representan tradición contra comunismo.


Pero no es sólo una novela sociopolítica. El sueño de la aldea Ding alberga una historia de amor desgarradora, muy compleja y extraña pero de una belleza que enmudece. Y con este silencio, que es el que produce este libro, os dejo. ¡Qué envidia poder leerlo de nuevo por primera vez!

miércoles, 20 de agosto de 2014

Perú de Gordon Lish: compulsivamente visual, esquizoide, hipnótico


Un accidente sufrido por el narrador cuando llevaba a su hijo a un campamento de verano le transporta a un mes de agosto cuando niño, con seis años, mató a un coetáneo jugando en el parque de arena del jardín de la casa de su adinerado vecino. Resumido así, Perú de Gordon Lish podría parecer una confesión, pero no lo es. Es inquietante. Es una invitación a sumergirte en aquel asesinato tedioso, pegajoso y pausado como un día de agosto.

El narrador comienza diciendo “ No hay nada que no te diré si puedo pensar en ello” y como un flujo de consciencia empieza lentamente a evocar de manera ambigua, obsesiva y con una rara sensualidad o morbosidad sensaciones, personajes y episodios vinculados a este asesinato.

El tema principal de esta novela es la memoria, o mejor dicho, la memoria de la memoria misma. Aunque no se trata de un memoria analítica tipo la de Proust en “En busca del tiempo perdido”, sino que se trata de una memoria involuntaria que establece un juego medio “sádico” con el lector vendiéndole la idea de encontrar el sentido de este asesinato.  Como subtemas podemos encontrar el mundo egoísta del niño, su solipsismo -- como dice el propio narrador “Yo era como Dios”--, su amoralidad, al no estar plenamente capacitado a hacer juicios de valor, a ser culpable. El pensamiento mágico de los niños que da personalidad a los objetos, la posesividad. Otro tema recurrente es el estatus socioeconómico, el complejo de inferioridad del protagonista frente a su adinerado vecino, así como la sexualidad, el deseo que también se materializa hacia las personas y los objetos pertenecientes a su amigo rico. Todo ello conforma un narrador trastornado que narra este asesinato atroz con indolencia y con voyerismo, --incluso por parte de la víctima que dice, según el narrador, “No hacía falta que me mataras”--.

¿Cómo consigue Gordon Lish hacernos partícipes de este vívido episodio? A través de una prosa balbuciente que lo hace veraz, un registro retórico conversacional que interpela al lector y un exceso de memoria que hace al relato, a la vez, compulsivamente visual, esquizoide, hipnótico. Lish también juega con el realismo sucio. Viste al relato de autobiografía, con él como protagonista de un asesinato que en realidad tuvo lugar. Del mismo modo, empieza la novela, y da título a ésta, con el protagonista que ve en la televisión cómo varios convictos de una cárcel de Perú se matan a cuchilladas en un tejado de la prisión, suceso también éste verídico. La misma indolencia con la que ciertos episodios dramáticos pasan ante nuestras narices en la televisión, es la que sugiere el narrador para su asesinato, el mismo silencio –estaba viendo la televisión en mute--, el mismo ritmo, la misma coreografía de miembros que se vencen, de los cuerpos al caer. La sangre bañando las heridas. Veremos a un narrador que recuerda las rimas que hacía en el colegio en la clase de lengua y que parecen componer la partitura de la vida, y de las muertes. Es ritmo, es pauta, secuencia lógica, en la cabeza de este particular narrador.  El tratamiento del tiempo es raro y desagradable, elíptico que va y vuelve una y otra vez al estilo de Thomas Bernhard. Podría decirse que Lish es “oulipico”, ha buscado sobre todo una estructura literaria. Todo el libro trata del asesinato de este niño, un suceso que habrá durado escasos 5 minutos. En cambio es este tratamiento tan particular el que nos coloca a todos nosotros en ese parque de arena.

Al igual que el protagonista de nuestro anterior post, Truman Capote, Gordon Lish también hace una literatura exigente que pide la interacción del lector. Lish no está tan interesado en la simple narración de hechos sino en crear puertas que hagan al lector entrar en su texto. El valor de esta novela no está en la trama sino las sensaciones que produce, las reflexiones que provoca. Es vivencia, es ficción que se hace realidad en nuestra piel, en nuestra cabeza.

 Y, ¿ quién es este Gordon Lish? También llamado Capitán ficción por los numerosos autores de los que ha sido editor (Don DeLillo, Ozick, entre otros) es el artífice del carácter minimalista de la prosa de Raymond Carver al que aplicó agresivos recortes cuando trabajaba en Esquirre. Parece mentira que quién catapultó a la fama a Carver haya permanecido en la sombra, por ello desde aquí, os invitamos a que entréis en la desconcertante y magnética prosa de Gordon Lish.

sábado, 17 de mayo de 2014

Truman Capote, magistral camaleón

Una nueva cita del club de lectura, la de marzo, nos reservaba una clase magistral, teórica y práctica, de la literatura y estilo del genial Truman Capote. Y es que el libro Música para camaleones publicado por Anagrama lo es ya de por sí.

La parte teórica corresponde al prefacio, donde Truman se desnuda y habla abiertamente de lo que es la literatura para él: un noble pero implacable amo. Dios concede un don pero con él viene también un látigo, cuyo uso es exclusivamente la autoflagelación, confiesa el escritor. De hecho él dice sentirse como un tahúr, un jugador de cartas que no sabe si vencerá la partida. Capote sabe tener el dominio de la técnica, él que ha ensayado todos los días durante 14 años de su infancia como lo haría un estudiante de violín, pero, ¿dónde reside el genio?

Le atormentaba la idea de que la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte es sutil pero brutal. Y fue en aquel divagar que descubrió su estilo: la novela periodística debería tener la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía.

Truman contrapone la verdad literaria a lo realmente cierto. Esto último sería el periodismo, aquel que da respuesta a las cinco "w" anglosajonas que en castellano serían Qué, Quién, Dónde, Cuándo, Cómo, mientras que la verdad literaria introduce lo novelesco para hacer lo real aún más verosímil. Hechos, personajes, lugares, todo es real pero además Capote hace que el lector "entre" en el ambiente, con olores, sensaciones. Utiliza unos diálogos casi teatrales, incluso con acotaciones típicos de este género en el caso de Ataúdes tallados a mano, haciendo su escritura más real.

En el caso de este relato largo, que en cierta medida es parecido a su famosa novela A sangre fría por tratarse en ambos casos de investigar un crimen que él mismo iba descubriendo a medida que escribía la novela, Capote se sitúa a la par del lector, parece que pudiéramos dialogar con él para intercambiar pareceres sobre quién es el asesino, o cómo sucedió, o las razones del mismo. En A sangre fría, en cambio, el narrador desaparece, es una cámara que va mostrando sus descubrimientos para que el lector vaya juzgando. La genialidad de Truman reside en esto, en haber creado este enfoque testimonial que convierte al lector en un observador subyugado y activo de frente a la novela.

En cualquier caso, lo real condiciona el ritmo y hace verídico el relato documental. A veces este ritmo parecerá ineficaz y lo sería, si no fuera porque lo que se está narrando sucedió así. Lo mismo sucede con los finales de estos relatos, que a veces defraudan, pero es así, a veces las consecuencias de nuestros hechos se desvanecen sin más. La realidad es una camisa de fuerza pero al mismo tiempo es parte del placer estético de estos relatos.  Les hace fascinantes, en mi opinión.

No quiero desvelar nada más de los relatos de Música para camaleones pero en ellos encontraremos magníficos icebergs (como el relato que da título al libro), estrellas que se hacen palpables, Marilyn Monroe, o casi teatro como en Vueltas nocturnas o Experiencias Sexuales de dos gemelos siameses en el que el mismo Capote habla con su otro yo. Relatos magistrales,  que como parte práctica de esta clase, van desgranando la vida, en su poesía, en su miseria, en su fugacidad. 

domingo, 30 de marzo de 2014

Deshilvanando misterios con David Torres (Todos los buenos soldados)


El pasado mes de febrero, en el club de lectura que dirige el escritor y amigo Ronaldo Menéndez, contamos con la presencia de David Torres, autor de la perspicaz novela que habíamos elegido para ese mes, Todos los buenos soldados. El diálogo con él, así como su novela o su arte de escribir, fue como deshilvanar lentamente y con gusto un misterio.

La conversación se inició poniendo una primera etiqueta a la novela: híbrido entre novela negra e histórica. Que no policial, matizó David, pues en la novela negra el crimen es una excusa. Torres se definió como un escritor de jazz que no planea sus novelas, sino que deja que éstas le vayan sorprendiendo. ¿Y qué es lo que más ha sorprendido a David de esta novela? El personaje de Adela, que en un principio era plano. No desvelaré nada de este enigmático personaje, pero sorprendido él y muy sorprendidos nosotros.

David continuó definiendo su escritura como un acto "platónico", como si escribir fuera descubrir, cincelar la novela que ya existe en el mundo de las ideas. No, la trama no me interesa tanto, afirmó Torres. De hecho esta novela nació del reto de su amigo el escritor Fernando Marías de convertir al mítico humorista español Gila en detective en la guerra de Sidi Ifni (1957-1958), tomando el dato histórico de su visita a las tropas aquellas navidades junto a la actriz Carmen Sevilla. Un escritor como David que combina la tradición de una adjetivación exacta con un humor y una ironía certera, sin duda era idóneo para sacarle jugo a esta historia. Él no lo vio tan claro al principio. Sin embargo, leyendo la autobiografía de Gila, encontró aquella afirmación del humorista de "a mí me fusilaron mal", y la máquina echó a andar.

Así, con la excusa de convertir a Gila en Sherlock Holmes,  David Torres ha concebido una novela intrigante, con un escenario, Ifni, que tiene diversos sabores, a western, a drogas, prostitución, homosexualidad. De lectura muy amena pero con un poso que invita a reflexionar. Los personajes aparecen todos muy bien trazados -y con perfiles diversos-, pero a diferencia de Adela, que permanece durante toda la novela, el resto son como ráfagas de viento que nos bosquejan Ifni, nos la narran desde su perspectiva múltiple. La misma Ifni es un personaje, silencioso, árido y cegador, como el flexo de un interrogatorio, testigo de una derrota. En esto, aunque menos adjetivada, me recuerda a Mararía de Rafael Arozarena, donde la isla y sus paisajes van cercando a todos los personajes, y en especial a la Mararía. Que el paisaje en sí viva, eche su aliento, da también a la novela un poco el sabor de leyenda. Aunque el verdadero asesino de la misma no es otro que la Guerra Civil, que tiene a todos como rehenes. La mentira. La ocultación. La propaganda. No hay ningún otro protagonista, salvo la guerra, ridícula y precaria. Y en esto, en tener un protagonista inaprensible, me recuerda a Las uvas de la ira de John Steinbeck, en que sólo al final te queda clara la complejidad e injusticia de la situación. Y ¿quiénes son sus víctimas?  Las más directas, “todos los buenos soldados", aquella  tropa invisible, vendida, engañada, entregada a Ifni.

Muchas gracias David por tu visita.


miércoles, 15 de enero de 2014

Cabeza abajo pende



Una hoja pende de la red que cubre el patio interior de mi casa.
Cabeza abajo pende de su sutil tallo y de dos finos dedos inventados por su cuerpo de estrella.

Se deja mecer tibiamente por la brisa de la mañana,
como el péndulo de un reloj sin cuerda,
y decide si caer o seguir agarrada,
a una verja.

Arriba un cielo azul,
abajo un suelo mojado.
Campanas de una iglesia cuentan diez,
pero la hoja sigue temblando si caer,
o seguir en el hierro de su verja.